Hugo Romero
Zarabanda

A mediados del siglo XVI llega a España desde América Central -un tal Fernando Guzmán Mejía la menciona en 1538 durante un viaje por Panamá- y, a pesar de su prohibición aquí por obscena, la zarabanda se difunde por toda Europa, empezando a aparecer en las obras de numerosos compositores. Bach incluye una en cada una de sus seis suites para cello, una obra que permaneció perdida hasta 1925, cuando Pau Casals, que había descubierto las partituras en una librería de viejo de su ciudad veinte años antes, la interpreta en público y graba por primera vez. Ingmar Bergman utiliza la zarabanda de la quinta suite en la banda sonora de la escalofriante Gritos y susurros (1972) y en 2003 titula Zarabanda su última película y la pieza pesa omnipresente durante la hora y media larga que dura. Hoy, con todo ese camino recorrido, me acompaña en mi llegada a casa.

Durante el verano de 1880, Johannes Brahms compuso esta Overtura para un festival académico en agradecimiento por el doctorado honorario que le había concebido la Universidad de Breslau. Paseando hoy por el barrio universitario de Wrocław, la antigua Breslau, escucho la obra en la versión de Otto Klemperer, que nació además en esta ciudad.

The Great Western Road

La Gran Carretera Occidental, the Road to Nowhere, la A82, que sube de Glasgow a las Highlands, recorriendo el Loch Lomond, Rannoch Moor, el Glen Coe y Fort William, el Gran Valle y el Canal de Caledonia, que cruza en Fort Augustus, hasta llegar a Inverness. The Great Western Road -la Carretera de los Espejos Rotos, la llaman los compañeros conductores-, con sus paradas obligatorias: los bares de moteros de Tyndrum, Crianlarich…

El puente sobre el río Kelvin, en Glasgow, al inicio de la Great Western Road

Anoche vi Young Adam, una estupenda película de David Mackenzie, con Ewan MacGregor, Tilda Swinton y Peter Mullan. Volví a sentir nostalgia de Escocia, de la tierra, del idioma y, aunque cueste creerlo, de las carreteras.

La banda sonora de la película la compuso David Byrne e incluye esta canción formidable: The Great Western Road, con la que es fácil regresar mentalmente a un camino tantas veces recorrido. Blessed heart, blessed word, blessed skin and bones, all along the Great Western Road.

El domingo a esta hora estaré en el Musikverein de Viena escuchando a la Wiener Symphoniker Orchester dirigida por Ingo Metzmacher. En el programa, Requiem, de Toru Takemitsu, y la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler.

Un viaje a Praga y cuatro grabaciones imprescindibles

Volver a Praga es siempre un asunto complicado. Vine a esta ciudad por primera vez en 1987, cuando era aún la capital de la Checoslovaquia socialista. Íbamos, un grupo de estudiantes de un colegio mayor vienés, camino de Polonia y pasamos un par de días en la ciudad. Praga me fascinó de un modo salvaje: era la primera vez que estaba en una ciudad eslava y en un país socialista y me impresionaron la decadencia y la belleza -para nada contradictorias- de los edificios imperiales. El recuerdo que tengo de Santa María detrás de Tyn, emergiendo tras los edificios de la Plaza de la Ciudad Vieja, es uno de los más potentes de mi adolescencia.

Tardé casi veinte años en volver a Praga y, cuando lo hice, la ciudad había sido secuestrada y secretamente suplantada por otra idéntica a la que yo había conocido pero evidentemente “falsa”, signifique esto lo que quiera significar. Praga como parque temático de sí misma -exactamente, ironía brutal, el papel que Hitler le había asignado- es ahora escenario habitual de mi trabajo. Cada pocos meses, debo fingir ante un conjunto de turistas extasiados que no me doy cuenta del robo y reemplazo de Praga.

Y, sin embargo, sigo disfrutando de cada viaje a Praga. La ciudad se ha convertido para mí en una inmensa tienda de discos y rara es la vez que no tropiezo en ella con tesoros discográficos que, en otros lugares, resulta mucho más difícil encontrar. Aquí me he hecho con la integral de Mahler interpretada en directo por Rafael Kubelik y la Orquesta de la Radio de Baviera y editada por Audite y con no pocos discos del viejo sello soviético Melodiya, cuya tendencia a los metales estridentes es una pequeña pervesión socialistoide de la que no consigo librarme.

Sin embargo, las adquisiciones de este viaje superan todas las anteriores. Durante estos días he comprado cuatro discos que forman parte de la serie Gold Edition del sello checo Supraphon que recoge las mejores grabaciones de Karel Ančerl con la Filarmónica Checa. Ančerl es, sin duda, uno de los mejores directores del orquesta del siglo pasado y, desde luego, uno de mis favoritos.

Durante los años en que Ančerl dirigió la Orquesta Filarmónica Checa extrajo de ella un sonido nítido que le permitió realizar grabaciones memorables de algunas de las grandes obras de la historia de la música. Quizá donde esa nitidez y la pasión por el detalle del director destaquen más sea en los registros de autores de la primera mitad del siglo XX, especialmente de los centroeuropeos. De ellos explicita, al mismo tiempo, su arraigo en el folclore local y los aspectos que los vinculan de modo más neto con la vanguardia.

En abril de 1966, Ančerl y la Filarmónica Checa grabaron una versión de la Novena Sinfonía de Gustav Mahler que todavía hoy sigue considerándose una de las mejores. El enfoque de Ančerl me parece muy parecido al de otro de mis directores mahlerianos favoritos: Michael Gielen. Ambos conectan la sinfonía con la música que la sucedió y ambos eligen el camino de la austeridad y la aspereza para extraer de la música de Mahler la emoción desde el rechazo del menor atisbo de sentimentalismo. Ančerl se enfrenta al primer movimiento como si no conociera la tragedia que encierra, deja que ésta aflore por sí misma, convirtiéndola cuando llega en un acontecimiento mucho más impactante. Del Rondo-Burleske sólo puedo decir que conviene tomar un Almax antes de escucharlo, pocas veces el más ácido de los movimientos de la obra de Mahler ha destilado tanta acidez. Todo gracias a un cuidado del ritmo implacable y a una nitidez del contrapunto espectacular. En el último movimiento, Ančerl y la Filarmónica Checa nos enseñan esa dignidad que acompaña sus mejores interpretaciones y dan a la estremecedora extinción de la música de Mahler una nobleza que no se encuentra en ninguna otra versión. De nuevo el control de los tiempos es fundamental.

Otros dos de los discos que he comprado de la serie recogen grabaciones de obras de Leoš Janáček. Ančerl y Kubelik son los dos mejores intérpretes de la obra del compositor checo (un tercero en liza sería Sir Charles Mackerras) y de ellos son las dos versiones imprescindibles de una de mis obras favoritas de la música del siglo XX: la Misa Glagolítica. Si es posible que Kubelik venza a Ančerl en contundencia, éste es imbatible en el tono que le da a la totalidad de la obra, de un fervor apasionado y noble únicos. La interpretación del Coro Filarmónico de Praga es espectacular, como lo son también los vientos, deslumbrantes en la pieza que acompaña a la Misa en el disco: el poema sinfónico Taras Bulba. El otro disco recoge una versión definitiva de la salvaje Sinfonietta y una obra deliciosa de Bohuslav Martinu: Los Frescos de Piero della Francesca.

La primera tanda de mis adquisiciones de la colección de Ančerl en el sello Supraphon termina con otro disco absolutamente imprescindible, el que agrupa sus grabaciones del Oedipus Rex y la Sinfonía de los Salmos de Igor Stravinski. De nuevo la nitidez del sonido de la Filarmónica Checa bajo la batuta de Ančerl -en perfecta consonancia con la nitidez de la escritura para viento de Stravinski- y la potencia y emoción del Coro Filarmónico de Praga convierten esta versión de la Sinfonía de los Salmos en una de las mejores que existen, si no en la mejor.

Así da gusto volver a Praga.

Ayer visité la tumba de Gustav Mahler en el cementerio de Grinzing. Era temprano, nevaba y sólo una anciana, con el carro de la compra, recorría a esa hora el cementerio, dirigiéndose con paso decidido a una tumba en particular. A pocos metros de la del compositor encontré también la de Alma, pero ni rastro de la de Thomas Bernhard, que, según he leído, se encuentra también en el mismo cementerio. Ni la mujer del carrito ni la chica que vendía flores en la caseta de la entrada me supieron confirmar la información y en la lista de celebridades enterradas en Grinzing tampoco encontré su nombre.
Dejé doce rosas rojas en la tumba de Mahler. Seguramente no pueda volver para el 18 de mayo, de modo que éste es mi homenaje en el centenario de su muerte. De vuelta hacia el centro de Viena, en el tranvía 38, escuché la Segunda Sinfonía, “Resurrección”.

Ayer visité la tumba de Gustav Mahler en el cementerio de Grinzing. Era temprano, nevaba y sólo una anciana, con el carro de la compra, recorría a esa hora el cementerio, dirigiéndose con paso decidido a una tumba en particular. A pocos metros de la del compositor encontré también la de Alma, pero ni rastro de la de Thomas Bernhard, que, según he leído, se encuentra también en el mismo cementerio. Ni la mujer del carrito ni la chica que vendía flores en la caseta de la entrada me supieron confirmar la información y en la lista de celebridades enterradas en Grinzing tampoco encontré su nombre.

Dejé doce rosas rojas en la tumba de Mahler. Seguramente no pueda volver para el 18 de mayo, de modo que éste es mi homenaje en el centenario de su muerte. De vuelta hacia el centro de Viena, en el tranvía 38, escuché la Segunda Sinfonía, “Resurrección”.

Die Welt als Ville und Vorstellung

Haciendo limpieza de carpetas en la BlackBerry encuentro estas fotos de mi verano escocés.

Tras un día de deliciosa pastoralia inglesa por el condado de Cheshire llego a Liverpool. Me gustaría pasarme la noche escribiendo poemas sobre ramas que brotan de mis dedos, sobre la aspereza del tronco de un castaño y la suavidad con la que la hierba lo acaricia en su base. Pero me abrocho la sudadera y salgo a atravesar el puerto.

[El vídeo ilustra un tema de Broadcast and The Focus Group investigate Witch Cults of the Radio Age, uno de los mejores discos del años pasado y lo ha dirigido el propio Julian House. En un mundo paralelo no estoy en Liverpool: me he quedado en la campiña inglesa.]

Entrevista con el vampiro

No hace mucho cogí un taxi para ir al aeropuerto. El taxista era un hombre robusto de cabello blanco abundante con un marcado acento del Este, pero que hablaba un español gramaticalmente perfecto y de vocabulario amplísimo. Me preguntó dónde viajaba, le dije que a Croacia y conversamos un rato sobre mi trabajo. Yo quise saber de dónde era él y me respondió que de Rumania. “De donde los gitanos y los ladrones”, me dijo.

La conversación siguió con generalidades sobre Europa del Este y los Balcanes hasta que un coche se nos cruzó y nos obligó a dar un frenazo. El taxista hizo el típico comentario sobre las mujeres conductoras que preferí ignorar. Pero de pronto dejó de sonreír y dijo, como si fuera algo importantísimo: “Yo no sé qué le pasa a las mujeres que son incapaces de conducir bien. Mi esposa sabe que, como conduzca así, tendré que matarla con mis propias manos”. El modo en que lo dijo, con perfecta naturalidad y sin el menor asomo de humor, me hizo sentir un escalofrío. No pude evitar recordar a Christpher Walken en The Confort of Strangers.

Incómodo, dejé de hablar con el taxista y me puse a revisar mi correo en la BlackBerry. Pero, pasados unos minutos, él continuó hablando de Rumania: “Es un lugar precioso”, me dijo. “Con monasterios y castillos llenos de leyendas. Cerca de donde nací hay uno del que cuentan una extraña historia. Dicen que lo que los obreros construían de día, se deshacía cada noche. Al maestro arquitecto se le acababa el plazo y veía que las obras no avanzaban. Entonces decidió que sólo un sacrificio humano, el de una mujer, podría romper el maleficio. De modo que, cuando al día siguiente, su esposa vino, como era su costumbre, para llevarle la comida a él y los obreros, la llevó con engaños hasta los cimientos y allí la emparedó”. Al taxista la historia le hizo mucha gracia y soltó una carcajada. “Así consiguieron terminar el castillo”.

La leyenda en sí misma, espantosa como era, no difería mucho de otras similares. Pero contada justo después de la amenaza a su mujer adquiría un tono siniestro y yo empezaba a estar francamente incómodo.

El rumano siguió hablando: “Pero nuestra más famosa leyenda es la de Vlad Tepes, el Empalador. Ustedes lo conocen como Drácula”. Para el taxista el conde Vlad Tepes había sido difamado a lo largo de la historia: a él le debíamos que la cristiandad no hubiera caído en manos de los turcos. “Muchos dicen que era un hombre injusto, pero no es cierto. Empalaba a todos por igual” -aquí solté una risa, que fingió no haber oído-. “No sólo a los pobres, sino que también los nobles fueron empalados durante su gobierno”. Siguió contando historias atribuidas a Drácula, a cual más horrible, todas ellas signos para él de hasta qué punto se trataba de un gobernante duro, pero justo y beneficioso para su tierra. Llegamos a la oficina, le pagué la carrera y me despedí de él. Durante las siguientes horas me acordé un par de veces del defensor de Drácula, tuiteé el encuentro y me prometí contároslo algún día.

Cuando esa noche llegué a mi habitación de hotel y la encontré llena de bichos (dos arañas, mosquitos y el terrible ciempiés del cabezal de mi cama) pensé por un instante en Tom Waits haciendo de Renfield en la adaptación de “Drácula” de Coppola, pero no relacioné la imagen con el taxista de la mañana. Más tarde caí en un sueño pesado con la inquietud de los insectos en el cuerpo. A la mañana siguiente me desperté con la sensación de no haber soñado en toda la noche y me costó mucho espabilarme.

Pasó el día y, a última hora, me encerré de nuevo en la habitación para ver un capítulo de la serie Lost como suelo hacer muchas noches. Mientras abría las carpetas de películas y series en el ordenador di, como por casualidad, con Nosferatu la adaptación que hizo Murnau de Drácula. De modo inconsciente, casi sin darme cuenta, abrí el archivo y de inmediato se adueñó de mí una enorme inquietud. Vi las primeras escenas -Johnatan Harker se despide de Mina, su prometida, y le explica que viaja a los Cárpatos para cerrar un negocio que le permitirá ascender en la empresa para la que trabaja; la noche en la posada transilvana con las leyendas de vampiros de los lugareños- con una tensión injustificada e irracional y cuando por fin apareció el conde tuve un destello y recordé que la noche anterior había soñado con él: un sueño extraño en el que el taxista rumano me llevaba a hotel en el que en ese momento estaba en Dubrovnik que era, al mismo tiempo, la residencia de Drácula. El hotel estaba lleno de insectos enormes, sobre todo cucarachas y escolopendras, pero yo las miraba sin asco, como a animales exóticos.

Durante la noche compartí habitación con Drácula en una habitación donde la luz de la luna entrando por la ventana permitía ver las sombras de las enormes escolopendras en las paredes. Yo sabía que Drácula me iba a atacar esa noche y que no podía evitarlo. Sólo podía pensar en como evitar que mi hermano llevase a mi sobrina de vacaciones a ese hotel. Tenía que avisarle para que no durmiera en Dubrovnik, sino que se fuera a una de las islas, a Sipan, donde estarían seguros.