No hace mucho cogí un taxi para ir al aeropuerto. El taxista era un hombre robusto de cabello blanco abundante con un marcado acento del Este, pero que hablaba un español gramaticalmente perfecto y de vocabulario amplísimo. Me preguntó dónde viajaba, le dije que a Croacia y conversamos un rato sobre mi trabajo. Yo quise saber de dónde era él y me respondió que de Rumania. “De donde los gitanos y los ladrones”, me dijo.
La conversación siguió con generalidades sobre Europa del Este y los Balcanes hasta que un coche se nos cruzó y nos obligó a dar un frenazo. El taxista hizo el típico comentario sobre las mujeres conductoras que preferí ignorar. Pero de pronto dejó de sonreír y dijo, como si fuera algo importantísimo: “Yo no sé qué le pasa a las mujeres que son incapaces de conducir bien. Mi esposa sabe que, como conduzca así, tendré que matarla con mis propias manos”. El modo en que lo dijo, con perfecta naturalidad y sin el menor asomo de humor, me hizo sentir un escalofrío. No pude evitar recordar a Christpher Walken en The Confort of Strangers.
Incómodo, dejé de hablar con el taxista y me puse a revisar mi correo en la BlackBerry. Pero, pasados unos minutos, él continuó hablando de Rumania: “Es un lugar precioso”, me dijo. “Con monasterios y castillos llenos de leyendas. Cerca de donde nací hay uno del que cuentan una extraña historia. Dicen que lo que los obreros construían de día, se deshacía cada noche. Al maestro arquitecto se le acababa el plazo y veía que las obras no avanzaban. Entonces decidió que sólo un sacrificio humano, el de una mujer, podría romper el maleficio. De modo que, cuando al día siguiente, su esposa vino, como era su costumbre, para llevarle la comida a él y los obreros, la llevó con engaños hasta los cimientos y allí la emparedó”. Al taxista la historia le hizo mucha gracia y soltó una carcajada. “Así consiguieron terminar el castillo”.
La leyenda en sí misma, espantosa como era, no difería mucho de otras similares. Pero contada justo después de la amenaza a su mujer adquiría un tono siniestro y yo empezaba a estar francamente incómodo.
El rumano siguió hablando: “Pero nuestra más famosa leyenda es la de Vlad Tepes, el Empalador. Ustedes lo conocen como Drácula”. Para el taxista el conde Vlad Tepes había sido difamado a lo largo de la historia: a él le debíamos que la cristiandad no hubiera caído en manos de los turcos. “Muchos dicen que era un hombre injusto, pero no es cierto. Empalaba a todos por igual” -aquí solté una risa, que fingió no haber oído-. “No sólo a los pobres, sino que también los nobles fueron empalados durante su gobierno”. Siguió contando historias atribuidas a Drácula, a cual más horrible, todas ellas signos para él de hasta qué punto se trataba de un gobernante duro, pero justo y beneficioso para su tierra. Llegamos a la oficina, le pagué la carrera y me despedí de él. Durante las siguientes horas me acordé un par de veces del defensor de Drácula, tuiteé el encuentro y me prometí contároslo algún día.
Cuando esa noche llegué a mi habitación de hotel y la encontré llena de bichos (dos arañas, mosquitos y el terrible ciempiés del cabezal de mi cama) pensé por un instante en Tom Waits haciendo de Renfield en la adaptación de “Drácula” de Coppola, pero no relacioné la imagen con el taxista de la mañana. Más tarde caí en un sueño pesado con la inquietud de los insectos en el cuerpo. A la mañana siguiente me desperté con la sensación de no haber soñado en toda la noche y me costó mucho espabilarme.
Pasó el día y, a última hora, me encerré de nuevo en la habitación para ver un capítulo de la serie Lost como suelo hacer muchas noches. Mientras abría las carpetas de películas y series en el ordenador di, como por casualidad, con Nosferatu la adaptación que hizo Murnau de Drácula. De modo inconsciente, casi sin darme cuenta, abrí el archivo y de inmediato se adueñó de mí una enorme inquietud. Vi las primeras escenas -Johnatan Harker se despide de Mina, su prometida, y le explica que viaja a los Cárpatos para cerrar un negocio que le permitirá ascender en la empresa para la que trabaja; la noche en la posada transilvana con las leyendas de vampiros de los lugareños- con una tensión injustificada e irracional y cuando por fin apareció el conde tuve un destello y recordé que la noche anterior había soñado con él: un sueño extraño en el que el taxista rumano me llevaba a hotel en el que en ese momento estaba en Dubrovnik que era, al mismo tiempo, la residencia de Drácula. El hotel estaba lleno de insectos enormes, sobre todo cucarachas y escolopendras, pero yo las miraba sin asco, como a animales exóticos.
Durante la noche compartí habitación con Drácula en una habitación donde la luz de la luna entrando por la ventana permitía ver las sombras de las enormes escolopendras en las paredes. Yo sabía que Drácula me iba a atacar esa noche y que no podía evitarlo. Sólo podía pensar en como evitar que mi hermano llevase a mi sobrina de vacaciones a ese hotel. Tenía que avisarle para que no durmiera en Dubrovnik, sino que se fuera a una de las islas, a Sipan, donde estarían seguros.