
Vi Tous les matins du monde a principios de los 90, durante el periodo en el que estuvo increíblemente de moda en el circuito de los cines “en versión original” de Madrid. La película supuso para mí no sólo el descubrimiento de la música de Saint-Colombe y Marin Marais, sino sobre todo del trabajo de Jordi Savall, que se ha convertido con los años en uno de mis intérpretes favoritos. De modo que eso le debo -y no es poco- a Quignard y Corneau. Aunque hasta hace pocos días no había vuelto a ver la película, su banda sonora he seguido escuchándola durante los años, incluso después de que buena parte de las piezas de la antología pasara a tenerlas dentro de las obras mayores de las que forman parte. La película la recordaba con cariño, ligeramente confundida en mi memoria con la adaptación contemporánea de Cyrano de Bergerac con la que compartía época e intérpretes. Tal vez algo por encima de ella, por el aura que emanaba de la música y de la exquisita reproducción de la atmósfera de los cuadros de George LaTour y Charpentier.

Tous les matins du monde no es ni una buena ni una mala película. De hecho -como sucede, por otra parte, con la mayoría de las películas- apenas puede considerarse cine. Es la adaptación de una novela. Gran parte de las escenas están concebidas así, de una forma hermosa, pero utilitaria, guiadas por una voz en off que me ha resultado en esta ocasión tremendamente aburrida y carente de imaginación. Lo que la sitúa por encima de la media de las múltiples adaptaciones de novelas de época es la belleza pictórica de algunos planos y la maravillosa música. Y, sin embargo, también esto me ha resultado en algunas ocasiones irritante. Los planos construidos como recreaciones de la pintura barroca francesa, y en especial de aquélla más afín a la espiritualidad jansenista, nos cautivan para entrar después en inmediata contradicción con los planos narrativos, mucho más convencionales y pragmáticos. Así, la tensión entre imagen y relato queda completamente irresuelta y sólo se reconcilia falsamente en lo que Jean-Marie Straub llama la “sopa sonora” en la maravillosa ¿Dónde yace tu sonrisa escondida? de Pedro Costa. Esta “sopa sonora” no es otra cosa que la música de Saint-Colombe y Marais interpretada por Savall y el Hesperion XX que a veces aparece interpretada por los autores y a veces funciona como banda sonora, saltando de un formato a otro con criterios funcionales y no estéticos.
Y ya que citamos a Straub, ¡qué diferencia las escenas en las que Leonhardt y sus músicos interpretan de verdad la música de Bach en La crónica de Anna Magdalena Bach y las escenas en las que Depardieu y el resto del reparto hacen que tocan la música de Marais y Saint-Colombe en la película de Corneau! Straub y Huillet tuvieron que esperar años hasta encontrar quién les financiara su película porque no aceptaban otro bach que Leonhardt. Viendo Tous les matins du monde cabe imaginar una versión straub-huilletiana con Savall haciendo de Saint-Colombe y sin necesidad de crear un conflicto erótico ficticio que nada aporta a la música ni a los personajes. Una película con la misma música, los mismos personajes y el mismo tema que fuese realmente cine y no literatura con estampitas.




