Hugo Romero
Credo

Hoy hace dos años de la muerte de J. G. Ballard. Y aquí lo recordamos con el mismo texto que colgué en mi blog entonces, su Credo.

Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, para liberar la verdad que llevamos adentro, para sujetar la noche, para trascender la muerte, para hechizar las autopistas, para congraciarnos con los pájaros, para asegurarnos las confidencias de los locos.
Creo en mis propias obsesiones, en la belleza del choque de coches, en la paz del bosque sumergido, en las excitaciones de la playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los edificios para estacionamiento de coches, en la poesía de los hoteles abandonados.
Creo en las olvidadas pistas de aterrizaje de Wake Island que apuntan hacia los Pacíficos de nuestras imaginaciones.
Creo en la misteriosa belleza de Margaret Thatcher, en el arco de las ventanas de su nariz y en el brillo de su labio inferior, en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos, en las obsesionadas sonrisas del personal de las gasolineras, en mi sueño de Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un motel olvidado ante la mirada de un tuberculoso empleado de una gasolinera.
Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus imaginaciones, tan cercana a mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los encantados rieles cromados de los mostradores de los supermercados; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.
Creo en la muerte del futuro, en el agotamiento del tiempo, en nuestra búsqueda de un tiempo nuevo dentro de las sonrisas de las camareras de las autopistas y de los ojos cansados de los controladores del tráfico aéreo en aeropuertos fuera de estación.
Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las posturas corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la princesa Di, en los dulces olores que emanan de sus labios mientras miran las cámaras del mundo entero.
Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza humana por los astronautas de la misión Apolo.
Creo en nada.
Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, Chirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las Torres de Watts, Bocklin, Francis Bacon, y todos los artistas invisibles encerrados en las instituciones psiquiátricas del planeta.
Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en el disparate del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en la intención asesina de la lógica.
Creo en las mujeres adolescentes, en su corrupción por la postura de sus propias piernas, en la pureza de sus cuerpos desaliñados, en los rastros de partes íntimas que dejan en los baños de hoteles miserables.
Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que ha volado alguna vez, en la piedra arrojada por un niño pequeño, que lleva la sabiduría de los estadistas y de las parteras.
Creo en la dulzura del bisturí del cirujano, en la ¡limitada geometría de la pantalla del cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la locuacidad de los planetas, en nuestra repetitividad, en la inexistencia del universo y en el aburrimiento del átomo.
Creo en la luz que emiten los grabadores de video en las vidrieras de las tiendas, en las mesiánicas agudezas de las rejillas de los radiadores de los automóviles de exhibición, en la elegancia de las manchas de aceite en las barquillas de los motores de los 747 estacionados en las pistas asfaltadas de los aeropuertos.
Creo en la inexistencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas posibilidades del presente.
Creo en el trastorno de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Céline, Swift, Defoc, Carroll, Coleridge, Kafka.
Creo en los proyectistas de las Pirámides, el Empire State Building, el Führerbunker de Berlín, las pistas de aterrizaje de Wake Island.
Creo en los olores corporales de la princesa Di.
Creo en los próximos cinco minutos.
Creo en la historia de mis pies.
Creo en las jaquecas, el aburrimiento de las tardes, el miedo a los calendarios, la traición de los relojes.
Creo en la angustia, la psicosis y la desesperación.
Creo en las perversiones, en nuestro enamoramiento de árboles, princesas, primeras ministros, gasolineras abandonadas (más bellas que el Taj Mahal), nubes y pájaros.
Creo en la muerte de las emociones y en el triunfo de la imaginación.
Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza.
Creo en el alcoholismo, en las enfermedades venéreas, en la fiebre y en el agotamiento.
Creo en el dolor.
Creo en la desesperación.
Creo en todos los niños.
Creo en los mapas, los diagramas, los códigos, los juegos de. ajedrez, los rompecabezas, los horarios de vuelos, los letreros indicadores de los aeropuertos.
Creo en todos los pretextos.
Creo en todas las razones.
Creo en todas las alucinaciones.
Creo en todas las rabias.
Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías, evasiones.
Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la bondad de los árboles, en la sabiduría de la luz.

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Here [PDF]

First published in 1978, this collection of nineteen of Ballard’s best short stories is as timely and informed as ever. His tales of the human psyche and its relationship to nature and technology, as viewed through a strong microscope, were eerily prescient and now provide…

La película de Zapruder

En su sueño del fotograma 235 de la película de Zapruder, Tallis se mostraba cada vez más preocupado por la figura de la mujer del presidente. Los planos de su rostro, como los coches abandonados de la comitiva mediaban para él el silencio completo de la plaza, la geometría de un asesinato.

J. G. Ballard, “Plan para el asesinato de Jacqueline Kennedy”, en La Exhibición de Atrocidades.

El asesinato de Kennedy considerado como una de las Bellas Artes

John Fitzgerald Kennedy y su mujer Jacqueline en Dallas el día del atentado

Stephen King acaba de anunciar que publicará una nueva novela a finales de este año. Tratará del asesinato de John Fitzgerald Kennedy y su título será 11/22/63. En el libro, de más de mil páginas, Jake Epping, un profesor de Maine, viaja atrás en el tiempo para tratar de evitar el magnicidio.

King no es el primer novelista que ficciona el más célebre de los asesinatos estadounidenses. De hecho, tres de mis escritores favoritos han escrito sus particulares versiones de lo que ocurrió en Dallas el 22 de noviembre de 1963. En 1988 Don DeLillo publicó Libra, una de sus mejores novelas y un intento de narrar la vida de Lee Harvey Oswald, el asesino de Kennedy. Esta novela inspiró a James Ellroy su monumental American Tabloid, una obra maestra absoluta publicada en 1995 y que traduce el asesinato del presidente de los Estados Unidos al lenguaje de la novela negra, el pulp y la prensa sensacionalista de la época. American Tabloid es el primer volumen de la trilogía Underworld USA, cuyos volúmenes segundo y tercero tratan también las consecuencias del atentado.

Leyendo tanto a DeLillo como a Ellroy, se entiende en seguida el potencial de fascinación del magnicidio. Ambos autores pertenecen a una tradición de la narrativa estadounidense que, partiendo de Burroughs, considera la paranoia el rasgo dominante de la psique americana del siglo XX. Las múltiples teorías conspiratorias que rodean a un atentado que finalmente fue juzgado como la obra solitaria de un perturbado han alimentado el imaginario nacional desde entonces. Sin embargo, es otro elemento que rodea al asesinato de Kennedy el que lo ha convertido en un acontecimiento clave para la ficción postmoderna. Se trata de su carácter mediático: la naturaleza de estrellas mediáticas del presidente y de su mujer y la conversión del acontecimiento en material audiovisual infinitamente reproducible y analizable. Y para esto último resulta fundamental la famosa cinta Zapruder.

Fotograma 312 de la película de Zapruder

Abraham Zapruder filmó el atentado con una cámara Zoomatic de Bell & Howell modelo 414 PD desde lo alto de un pedestal de cemento situado a poca distancia de donde pasaba la comitiva presidencia en el momento del atentado. La película de Zapruder supone el inicio de algo que culmina en YouTube y convierte el asesinato de Kennedy en el primer acontecimiento histórico filmado de forma amateur.

Sobre el carácter mediático de Kennedy y de su mujer nadie ha escrito como J. G. Ballard. En su The Atrocity Exhibition, publicado en 1969, Ballard incluye un relato titulado El asesinato de John Fitzgerald Kennedy considerado como una carrera de coches cuesta abajo y otro que elabora un Plan para el asesinato de Jacqueline Kennedy. En la edición comentada del libro, este segundo relato aparece prologado por un texto que comienza así: El paisaje mediático a día de hoy es un mapa en busca de territorio. Un volumen descomunal de imágenes sensacionales y a menudo tóxicas, buena parte de ellas ficticias, inunda nuestras mentes. ¿Cómo extraer un sentido del flujo incesante de publicidad, noticias y entretenimiento, en el que las campañas presidenciales y los viajes a la luna se presentan de un modo que los hace indistinguibles del anuncio de un dulce o desodorante nuevos? ¿Qué sucede realmente en el plano de nuestro inconsciente cuando, en un espacio de minutos y en la misma pantalla de televisión, es asesinado un presidente, una actriz hace el amor y un niño herido es rescatado de un accidente automovilístico? Enfrentados a estos acontecimientos, con emociones preempaquetadas como respuesta inmediata, tan sólo somos capaces de hilar una serie de escenarios de emergencia, del mismo modo en que nuestras mentes durante el sueño improvisan una narrativa a partir de recuerdos sin relación que atraviesan la noche cortical. En el sueño en vigilia que constituye ya nuestra realidad cotidiana las imágenes de una viuda ensangrentada, los adornos de cromo del parabrisas de una limusina y el glamour estilizado de una comitiva de vehículos se funden para proporcionarnos una segunda narrativa de significado muy distinto.

Crash (III)

Always crashing in the same car.

Crash (II)

La novela Crash de J. G. Ballard ha tenido diversos avatares. Fue primero, en 1969, Crash!, un relato del volumen La exhibición de atrocidades. Un año después reapareció como Crashed Cars, una exposición en el New Arts Laboratory de Londres. En 1973 Ballard publicó la que tal vez sea la más impresionante de sus novelas y en 1996 David Cronenberg la llevó al cine.

Tal vez la menos conocida de las encarnaciones de la propuesta de Ballard sobre la relación entre el sexo y los accidentes de coche sea esta película que realizó Harley Cokliss con el propio Ballard como protagonista. La chica, Gabrielle Drake, es la hermana del cantautor Nick Drake. Si Godard decía que para hacer una película bastan una chica, un coche y una pistola, a Ballard le sobra la pistola y le sale el doble de siniestro.

Crash (I)

La posibilidad del accidente aéreo -la fantasía del accidente, en realidad- constituye el núcleo de la potencia del viaje en avión. Cuando comienzan las turbulencias y vuelve a encenderse la señal luminosa que indica que debemos abrocharnos los cinturones de seguridad, las azafatas están sirviendo el almuerzo. El esfuerzo por hacer imperceptibles las nuevas condiciones, a pesar de la evidencia de los pulsos temblorosos y de los vaivenes del carrito de las comidas, convierte cada gesto en una mueca, casi en un aspaviento. La azafata me acerca el vaso de Coca-Cola fingiendo que el movimiento del avión no hace que se vierta su contenido y yo lo cojo fingiendo lo mismo.

El interior del avión es uno de los lugares donde se hace más claro lo inesencial de nuestras vidas. Obligados a una proximidad y una presencia que al mismo tiempo evidenciamos y ocultamos, ocupamos nuestro asiento siempre en calidad de profesionales o de turistas. Seguramente todos estaríamos dispuestos a defender que nuestra sustancia no se agota en esa situación. Y, sin embargo, en pocos sitios como en el avión, mientras nos comportamos de acuerdo con un pacto que calcula al milímetro las dosis de cortesía hacia los demás e ignorancia mutua, se hace tan evidente que detrás de las máscaras no hay nada. Es precisamente esa falta absoluta de esencia la que conjura el accidente aéreo: nuestra muerte como la muerte de uno, la muerte del pasajero, del turista o del profesional

Es esta inesencialidad de la muerte en accidente aéreo la que trata de conjurar el cine de catástrofes. En las películas de la serie Aeropuerto trata de mostrársenos la mentira esencial: que detrás de cada pasajero hay alguien, que en el accidente aéreo hay héroes y villanos. La inclusión de grandes estrellas en los repartos corales de estas películas tiene precisamente ese efecto: el de que reconozcamos rostros que, por definición, deberían ser anónimos. En ningún lugar ese conjuro ha resultado tan efectivo y profundo como en la primera temporada de la serie Lost. En el episodio piloto vemos las imágenes de un accidente aéreo. Tanto los minutos previos (el espacio neutro del avión, la falsa cortesía y el desprecio, el pánico repentino) como posteriores (las llamas, el humo y la sangre, el heroismo ya y la cobardía). Durante veinte capítulos seremos testigos de la vida cotidiana de los supervivientes, no solo de la posterior sino también de la precedente, pondremos una historia a cada cara. Y, de pronto, en eel último capítulo de la temporada, en una escena de emoción sorprendente, la serie nos muestra de modo pausado los momentos del embarque de aquel vuelo. Conocemos a cada uno de los pasajeros, sus gestos codificados aparecen cargados de sentido, como los de un amigo o un pariente cercano. El terrible momento impersonal se nos presenta redimido por nuestros sentimientos hacia cada uno de ellos.

Requiem for Detroit?

A slow motion Katrina. Este fabuloso documental de Julien Temple muestra la decadencia de la ciudad de Detroit, antigua capital de la industria del automóvil estadounidense y hoy en día literalmente en ruinas. Temple contrapone la pornografía de la ruina y la herrumbre a la erótica del niquelado de los Cadillac y Chevrolet de los 50 y 60 en un ejercicio deslumbrante de sociología y psicogreografía metropolitana y de historia de los Estados Unidos. En imágenes de archivo -a menudo proyectadas sobre los escombros de viejos edificos abandonados- se suceden el nacimiento del fordismo y la cadena de montaje, la eliminación a ráfagas de metralleta del movimiento obrero americano, el auge del diseño de la General Motors, el nacimiento de la Motown y el sonido Detroit, la represión racista del 67… intercaladas con paseos por la ciudad de poetas, artistas, músicos, antiguos obreros hoy en paro o exploradores urbanos. La película aúna la reflexión sobre la erótica del automóvil y de las ruinas de Ballard, el ejercicio de nostalgia alucinada del diseño de los 50 de El continuo de Gernsback de William Gibson y el relato sociológico de la metropolis estadounidense contemporánea de The Wire, cosas todas muy cercanas a los gustos de este blog.

A widespread taste for pornography means that nature is alerting us to some threat of extinction.

JG Ballard
Fotografía de Enrique Metinides

Via La Petite Claudine via Clara Darling