Hugo Romero
Waltraud Meier

La grandeza de las interpretaciones que Waltraud Meier hace de las heroínas wagnerianas -Venus, Sieglinde, Isolda y, sobre todo, Kundry- reside en que es capaz de hacer de ellas mujeres mucho más histéricas de lo que Wagner nunca pensó, arrancándolas así del lugar y función que el compositor les asigna en sus óperas y convirtiéndolas en la avanzadilla de toda una serie de histéricas de la historia del arte de inicios del siglo XX -Strindberg, Kafka, Munch y, en la ópera, las Salomé y Clitemnestra de Strauss y la heroína del Erwartung de Schoenberg-, mujeres que son, en obras creadas por hombres, el lugar donde estalla la radical imposibilidad de relación entre los dos sexos.

Final de El oro del Rin en la versión de Chereau y Boulez. Los dioses entran por fin en el Valhalla, pero el cadáver en escena del gigante Fasolt y el llanto de las doncellas del Rin por el oro robado y no devuelto nos recuerdan el precio que se ha pagado por el palacio. Wotan abre la procesión, que Chereau organiza en la forma de una Danza de la Muerte medieval: entrando en el Valhalla, los dioses se dirigen a su destrucción. Sólo Loge se resiste, “casi avergonzado”, a unirse a la danza. Es él, verdadera estrella “robaplanos” del montaje de Chereau quien echa el telón.

Tres días y una tarde previa

I. El oro del Rin, o el grado cero de la ópera

La primera vez que fui a la ópera fue para ver La valkiria. En Viena, a finales de los ochenta. Yo tenía diecisiete años y entendí poco de una obra que no conocía representada en un idioma que sólo empezaba a serme familiar. Recuerdo, eso sí, haber disfrutado mucho con la exhuberancia orquestal -la vocal se me escapaba por completo- y con la imaginería mitológica y teutónica. Desde entonces, toda mi relación con El anillo de los nibelungos ha sido discográfica: nunca he vuelto a ver una versión representada de ninguna de sus partes.

Hace unos días, un buen amigo que está viviendo en Berlín fue a la ópera para ver el ciclo completo. Sentado ya en su butaca antes del comienzo de la representación una mujer le preguntó: “¿Tu primer Anillo?” De algún modo, lo que estoy haciendo estos días, a pesar de conocer bien la obra, es “mi primer anillo”. Anoche comencé a ver la tetralogía en la que para muchos es su mejor versión: la de la edición del centenario en Bayreuth, dirigida por Patrice Chereau y Pierre Boulez.

Es también una de las más polémicas. Chereau se aleja tanto de las representaciones de estética teutona como de las abstractas o helenizantes. Sitúa el drama en un espacio mitológico ambiguo lleno de alusiones al siglo XIX y a la revolución industrial. Fecha el Anillo en la época en la que fue compuesto. En cierto modo, su tetralogía trata -aunque no sólo; ya lo veremos- del auge y decadencia de la aristocracia industrial y de la explotación de la naturaleza.

Cuentan que Winnifred Wagner, directora del festival de Bayreuth durante los años del nazismo y amiga íntima de Hitler, vivió con horror e indignación el montaje de Chereau y Boulez. Sin embargo, Chereau insistió una y otra vez en conocer a la nieta del compositor. Finalmente, en la fiesta de clausura del festival, una hija de Winnifred los presentó. La vieja no se anduvo por las ramas: “No sabe la de veces que he deseado matarle”, dijo. Y después: “Aunque, de todos modos, mucho mejor enfadarse que aburrirse”. Todo un juicio de valor sobre el Bayreuth teatralmente anémico de la posguerra.

Desde luego, uno no se aburre con este Anillo. Muchos le han criticado la primacia de lo escenográfico sobre lo musical, algo que tal vez pueda tener importancia escuchando los CDs, pero que, cuando se ven las películas, es una verdadera bendición. Aún así, la música es formidable: Boulez dirige a la orquesta con precisión y acompaña al drama a velocidad de crucero (me gustaría saber cuánto menos dura esta versión que las que he oído en CD de Fürtwangler y Knappertsbusch). Todos los cantantes son verdaderos actores y, aunque Donald McIntyre soporte el peso de la tetralogía convirtiéndose en su único verdadero protagonista, en el primer episodio son sus dos contrapartes, Hermann Becht como un histriónico Alberich y Heinz Zednik como Loge -caracterizado como un tutor cínico-, los que nos dejan con la boca abierta.

El drama, ya lo sabéis, empieza en el Rin, donde las doncellas del río, encargadas de custodiar su oro, están jugando. La escenografía no deja lugar a dudas desde el primer minuto. El río aparece representado por una enorme construcción que parece una presa, una central hidroeléctrica. En ella se divierten las tres doncellas, caracterizadas como bailarinas de can can.

Es aquí donde llega Alberich y donde las ninfas se burlan de él. Aquí es también donde el nibelungo maldice el amor y roba el oro que las doncellas custodian.

Si el escenario de la primera escena es fundamental para afirmar el contexto en el que Chereau sitúa su representación, me parece que el decorado más deslumbrante es el del propio Valhalla. Al inicio de la segunda escena nos encontramos con Wotan durmiendo. Fricka, su esposa, lo despierta para que contemple el palacio que han terminado de construirle los gigantes. Lo que vemos es algo difícil de definir: una serie de elementos sólo parcialmente coherentes que no terminan de componer un todo unitario. El propio Chereau ha hablado de la importancia de esta ambigüedad e indefinición. Lo que se ve del edificio parece una mole relativamente impersonal, que parece más formar parte de un ministerio o una fábrica que de un palacio. Sin embargo, el portal combina elementos clásicos completamente desproporcionados: un friso, columnas descomunales… Está claro que la indefinición convierte al edificio en un espacio que simboliza el poder y la ambición y alude al gusto ecléctico de la arquitectura gigantista de la revolución industrial.

Aunque es la más breve, El oro del Rin no es la más fácil de escuchar de las óperas de la Tetralogía. En ella se nos presentan a un ritmo frenético las bases argumentales del ciclo -el robo del oro y la fabricación del anillo, fundamentalmente-, pero también las temáticas: sobre todo, él pecado y la situación de Wotan: Wagner nos muestra a los dioses en general y a Wotan en particular como víctimas de los pactos que les han colocado en su posición. Este ritmo se contagia a la estructura musical. Zizek ha dicho de El oro del Rin que supone una especie de barrido o de nivelado de la tradición operística, un cierto “grado cero de la ópera”. Me parece una definición formidable. En esta introducción a la tetralogía, en esta Vorabend, no encontramos apenas momentos musicales memorables, momentos para recrearse. Falta lo más sensual de la música de Wagner. Es, en cierto modo, un ejercicio de ascesis que nos prepara para el estallido emocional y musical del resto del ciclo.