Hugo Romero
Un viaje a Praga y cuatro grabaciones imprescindibles

Volver a Praga es siempre un asunto complicado. Vine a esta ciudad por primera vez en 1987, cuando era aún la capital de la Checoslovaquia socialista. Íbamos, un grupo de estudiantes de un colegio mayor vienés, camino de Polonia y pasamos un par de días en la ciudad. Praga me fascinó de un modo salvaje: era la primera vez que estaba en una ciudad eslava y en un país socialista y me impresionaron la decadencia y la belleza -para nada contradictorias- de los edificios imperiales. El recuerdo que tengo de Santa María detrás de Tyn, emergiendo tras los edificios de la Plaza de la Ciudad Vieja, es uno de los más potentes de mi adolescencia.

Tardé casi veinte años en volver a Praga y, cuando lo hice, la ciudad había sido secuestrada y secretamente suplantada por otra idéntica a la que yo había conocido pero evidentemente “falsa”, signifique esto lo que quiera significar. Praga como parque temático de sí misma -exactamente, ironía brutal, el papel que Hitler le había asignado- es ahora escenario habitual de mi trabajo. Cada pocos meses, debo fingir ante un conjunto de turistas extasiados que no me doy cuenta del robo y reemplazo de Praga.

Y, sin embargo, sigo disfrutando de cada viaje a Praga. La ciudad se ha convertido para mí en una inmensa tienda de discos y rara es la vez que no tropiezo en ella con tesoros discográficos que, en otros lugares, resulta mucho más difícil encontrar. Aquí me he hecho con la integral de Mahler interpretada en directo por Rafael Kubelik y la Orquesta de la Radio de Baviera y editada por Audite y con no pocos discos del viejo sello soviético Melodiya, cuya tendencia a los metales estridentes es una pequeña pervesión socialistoide de la que no consigo librarme.

Sin embargo, las adquisiciones de este viaje superan todas las anteriores. Durante estos días he comprado cuatro discos que forman parte de la serie Gold Edition del sello checo Supraphon que recoge las mejores grabaciones de Karel Ančerl con la Filarmónica Checa. Ančerl es, sin duda, uno de los mejores directores del orquesta del siglo pasado y, desde luego, uno de mis favoritos.

Durante los años en que Ančerl dirigió la Orquesta Filarmónica Checa extrajo de ella un sonido nítido que le permitió realizar grabaciones memorables de algunas de las grandes obras de la historia de la música. Quizá donde esa nitidez y la pasión por el detalle del director destaquen más sea en los registros de autores de la primera mitad del siglo XX, especialmente de los centroeuropeos. De ellos explicita, al mismo tiempo, su arraigo en el folclore local y los aspectos que los vinculan de modo más neto con la vanguardia.

En abril de 1966, Ančerl y la Filarmónica Checa grabaron una versión de la Novena Sinfonía de Gustav Mahler que todavía hoy sigue considerándose una de las mejores. El enfoque de Ančerl me parece muy parecido al de otro de mis directores mahlerianos favoritos: Michael Gielen. Ambos conectan la sinfonía con la música que la sucedió y ambos eligen el camino de la austeridad y la aspereza para extraer de la música de Mahler la emoción desde el rechazo del menor atisbo de sentimentalismo. Ančerl se enfrenta al primer movimiento como si no conociera la tragedia que encierra, deja que ésta aflore por sí misma, convirtiéndola cuando llega en un acontecimiento mucho más impactante. Del Rondo-Burleske sólo puedo decir que conviene tomar un Almax antes de escucharlo, pocas veces el más ácido de los movimientos de la obra de Mahler ha destilado tanta acidez. Todo gracias a un cuidado del ritmo implacable y a una nitidez del contrapunto espectacular. En el último movimiento, Ančerl y la Filarmónica Checa nos enseñan esa dignidad que acompaña sus mejores interpretaciones y dan a la estremecedora extinción de la música de Mahler una nobleza que no se encuentra en ninguna otra versión. De nuevo el control de los tiempos es fundamental.

Otros dos de los discos que he comprado de la serie recogen grabaciones de obras de Leoš Janáček. Ančerl y Kubelik son los dos mejores intérpretes de la obra del compositor checo (un tercero en liza sería Sir Charles Mackerras) y de ellos son las dos versiones imprescindibles de una de mis obras favoritas de la música del siglo XX: la Misa Glagolítica. Si es posible que Kubelik venza a Ančerl en contundencia, éste es imbatible en el tono que le da a la totalidad de la obra, de un fervor apasionado y noble únicos. La interpretación del Coro Filarmónico de Praga es espectacular, como lo son también los vientos, deslumbrantes en la pieza que acompaña a la Misa en el disco: el poema sinfónico Taras Bulba. El otro disco recoge una versión definitiva de la salvaje Sinfonietta y una obra deliciosa de Bohuslav Martinu: Los Frescos de Piero della Francesca.

La primera tanda de mis adquisiciones de la colección de Ančerl en el sello Supraphon termina con otro disco absolutamente imprescindible, el que agrupa sus grabaciones del Oedipus Rex y la Sinfonía de los Salmos de Igor Stravinski. De nuevo la nitidez del sonido de la Filarmónica Checa bajo la batuta de Ančerl -en perfecta consonancia con la nitidez de la escritura para viento de Stravinski- y la potencia y emoción del Coro Filarmónico de Praga convierten esta versión de la Sinfonía de los Salmos en una de las mejores que existen, si no en la mejor.

Así da gusto volver a Praga.