Hugo Romero
El asesinato de Kennedy considerado como una de las Bellas Artes

John Fitzgerald Kennedy y su mujer Jacqueline en Dallas el día del atentado

Stephen King acaba de anunciar que publicará una nueva novela a finales de este año. Tratará del asesinato de John Fitzgerald Kennedy y su título será 11/22/63. En el libro, de más de mil páginas, Jake Epping, un profesor de Maine, viaja atrás en el tiempo para tratar de evitar el magnicidio.

King no es el primer novelista que ficciona el más célebre de los asesinatos estadounidenses. De hecho, tres de mis escritores favoritos han escrito sus particulares versiones de lo que ocurrió en Dallas el 22 de noviembre de 1963. En 1988 Don DeLillo publicó Libra, una de sus mejores novelas y un intento de narrar la vida de Lee Harvey Oswald, el asesino de Kennedy. Esta novela inspiró a James Ellroy su monumental American Tabloid, una obra maestra absoluta publicada en 1995 y que traduce el asesinato del presidente de los Estados Unidos al lenguaje de la novela negra, el pulp y la prensa sensacionalista de la época. American Tabloid es el primer volumen de la trilogía Underworld USA, cuyos volúmenes segundo y tercero tratan también las consecuencias del atentado.

Leyendo tanto a DeLillo como a Ellroy, se entiende en seguida el potencial de fascinación del magnicidio. Ambos autores pertenecen a una tradición de la narrativa estadounidense que, partiendo de Burroughs, considera la paranoia el rasgo dominante de la psique americana del siglo XX. Las múltiples teorías conspiratorias que rodean a un atentado que finalmente fue juzgado como la obra solitaria de un perturbado han alimentado el imaginario nacional desde entonces. Sin embargo, es otro elemento que rodea al asesinato de Kennedy el que lo ha convertido en un acontecimiento clave para la ficción postmoderna. Se trata de su carácter mediático: la naturaleza de estrellas mediáticas del presidente y de su mujer y la conversión del acontecimiento en material audiovisual infinitamente reproducible y analizable. Y para esto último resulta fundamental la famosa cinta Zapruder.

Fotograma 312 de la película de Zapruder

Abraham Zapruder filmó el atentado con una cámara Zoomatic de Bell & Howell modelo 414 PD desde lo alto de un pedestal de cemento situado a poca distancia de donde pasaba la comitiva presidencia en el momento del atentado. La película de Zapruder supone el inicio de algo que culmina en YouTube y convierte el asesinato de Kennedy en el primer acontecimiento histórico filmado de forma amateur.

Sobre el carácter mediático de Kennedy y de su mujer nadie ha escrito como J. G. Ballard. En su The Atrocity Exhibition, publicado en 1969, Ballard incluye un relato titulado El asesinato de John Fitzgerald Kennedy considerado como una carrera de coches cuesta abajo y otro que elabora un Plan para el asesinato de Jacqueline Kennedy. En la edición comentada del libro, este segundo relato aparece prologado por un texto que comienza así: El paisaje mediático a día de hoy es un mapa en busca de territorio. Un volumen descomunal de imágenes sensacionales y a menudo tóxicas, buena parte de ellas ficticias, inunda nuestras mentes. ¿Cómo extraer un sentido del flujo incesante de publicidad, noticias y entretenimiento, en el que las campañas presidenciales y los viajes a la luna se presentan de un modo que los hace indistinguibles del anuncio de un dulce o desodorante nuevos? ¿Qué sucede realmente en el plano de nuestro inconsciente cuando, en un espacio de minutos y en la misma pantalla de televisión, es asesinado un presidente, una actriz hace el amor y un niño herido es rescatado de un accidente automovilístico? Enfrentados a estos acontecimientos, con emociones preempaquetadas como respuesta inmediata, tan sólo somos capaces de hilar una serie de escenarios de emergencia, del mismo modo en que nuestras mentes durante el sueño improvisan una narrativa a partir de recuerdos sin relación que atraviesan la noche cortical. En el sueño en vigilia que constituye ya nuestra realidad cotidiana las imágenes de una viuda ensangrentada, los adornos de cromo del parabrisas de una limusina y el glamour estilizado de una comitiva de vehículos se funden para proporcionarnos una segunda narrativa de significado muy distinto.