El proceso, lento y constante, de modificación del contenido de mi iPod es algo de lo que me gustaría tener registro. Cuándo han aparecido o desaparecido qué discos y cuáles han reemplazado a cuáles. Sin embargo, aparte de las obras y artistas que vienen y van, otro sistema de cambios más sutil es el de las versiones de las obras que permanentes. Mucho de Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms o la Segunda Escuela Vienesa, prácticamente todo Monteverdi, Mahler y Sibelius, un puñado de obras de Strauss, Bartok, Janáček, Ligeti o Saariaho, una cuota permanente de música coral inglesa… hay autores y obras que han estado de forma persistente en todos mis dispositivos móviles de reproducción musical y que, cabe suponer, siempre estarán ahí, mi verdadera -y amplísima- desert island compilation.
Y, sin embargo, también hay mutaciones en esta lista. No en su contenido, sino en las grabaciones concretas de cada obra. Con el paso de los años, y a menudo ha bastado el de los meses, han ido cambiando las versiones que llevo conmigo de cada una de las sinfonías de Mahler, el ciclo de las de Beethoven (Vänskä, Harnoncourt, Chailly, Gardiner). Los cambios han reflejado descubrimientos y entusiasmos pasajeros o estables (Paul McCreesh, Mark Padmore, Paul Lewis, el Cuarteto Diótima).
Con todo, uno de los procesos más estables dentro de este sistema general de cambios se me ha escapado hasta ayer. De forma lenta e inexorable un conjunto musical ha ido adueñándose de mi iPod sin que yo me diera cuenta hasta el momento en que he descubierto que de ningún otro intérprete tengo tantas obras como de ellos: la Freiburger Barockorchester.

No soy ningún fetichista de las grabaciones históricamente informadas, aunque reconozco que, en términos generales, encuentro en muchas de ellas una vitalidad musical y un tono que son muy míos y que han hecho que, de forma nada sistemática, terminen estando muy presentes en mi discoteca. A Herreweghe y Harnoncourt les debo mi descubrimiento de la música barroca y sus recientes grabaciones del repertorio clásico y romántico me ha permitido recuperar la pasión por obras que tenía abandonadas. De entre los conjuntos más modernos dedicados a la música antigua y barroca tengo especial pasión por el Concerto Italiano de Alessandrini, por el Gabrieli Consort de McCreesh, por la Akademie für Alte Musik de Berlín, por Cantus Cölln y por la Freiburger Barockorchester.
Me encanta el carácter físico, en ocasiones áspero, del sonido de la Orquesta Barroca de Friburgo (precisamente lo mismo que de ellos odia David Hurwitz, enemigo en general de la interpretación histórica y que tiene en este conjunto una verdadera Némesis, a la que dedica críticas hilarantes e injustísimas en sus reseñas de ClassicsToday). Me fascina su energía y contundencia y amo la nitidez con la que el sello harmonia mundi los graba siempre.
Mirando la lista de reproducción de mi iPod descubro que se han convertido en mis intérpretes favoritos de Mozart. En parte gracias a sus colaboraciones con René Jacobs, pero no sólo. Con Jacobs han participado en varias de las grabaciones de las últimas óperas de Mozart, sus imprescindibles Idomeneo, Don Giovanni y La Clemenza di Tito (para el Cosi fan tutte, La Flauta Mágica y Las Bodas de Figaro, Jacobs ha confiado en la Akademie für Alte Musik Berlin y el Concerto Kölln), así como en su grabación de las cuatro últimas sinfonías, en versiones apasionantes que sólo admiten comparación con las de MacKerras y la Scottish Chamber Orchestra. Más allá de sus colaboraciones con Jacobs, su versión de la Sinfonía Concertante y de los dos últimos conciertos, el de piano no. 27 K. 595 y el famosísimo para clarinete K. 622, son verdaderamente impresionantes.
Su última grabación, la integral de las Suites Orquestales de Bach, es asombrosa y aún me estoy haciendo a ella. Hasta ahora, mi versión de referencia era la de Jordi Savall, Le Concert des Nations y la Capella Reial de Catalunya. La de la Freiburger Barockorchester es mucho más musculosa y aspera.
De entre sus discos, también están en mi iPod el recital de Bejun Metha dedicado a Händel, las cantatas para solista de Bach con Bernarda Fink y los oratorios tardíos de Haydn.