Si trazaráramos un eje de coordenadas que dividiera las películas de miedo, podríamos hacerlo de acuerdo con dos criterios: el miedo que dan mientras las vemos y el poso de miedo que dejan en el tiempo tras su visión. Ordenando las películas en estos dos ejes, nos quedaría una especie de cuadro de Greimas con cuatro categorías. Estarían primero las películas de miedo que no dan miedo mientras las ves y no dejan ningún poso, es decir, las malas. Luego estaría el grupo que alberga la mayor parte de las películas dignas del género: las que dan miedo mientras las ves, pero no dejan ningún poso de terror. Seguramente, los amantes del género considerarán que las mejores películas son las del tercer tipo: las que dan miedo mientras las ves y dejan además una huella duradera de miedo, que vuelve cada vez que recorremos un pasillo largo y desierto o apagamos la luz al acostarnos o nos cruzamos en el metro con un mendigo anciano que habla una lengua que no comprendemos.
Sin embargo, yo no puedo ocultar mi debilidad por esas películas de terror que no suelen producirnos miedo mientras las vemos, pero que, como ciertas arañas tropicales, inoculan en nuestro interior los huevos de un terror que tardaremos es experimentar, pero que terminará por ser duradero. Películas que llegan a lugares de nuestro inconsciente con las condiciones idóneas para incubar nuestros terrores. Las mejores de entre esas películas suelen tener un aspecto excesivo -en lo formal, en lo argumental o en ambos ámbitos- que nos permite mantener una distancia irónica o estética mientras las vemos.
The Wicker Man es tal vez la mejor de esas películas. Dirigida en 1973 por Robin Hardy a partir de un guión de Anthony Schaffer -que acababa de escribir Frenesí para Hitchcock y La huella para Joseph Leo Mankiewic-, la película pasó desapercibida en su momento, en parte por el desdén con el que la distribuyó su productora, que además la remontó, quitando más de diez minutos al montaje original, recientemente recuperado. A partir de ahí, la película fue convirtiéndose en una cult movie y ganándose la reputación de ser la mejor película de terror británica.
Y no faltan motivos: mezcla de historia de terror, intriga policial y musical, The Wicker Man incluye alguna de las imágenes más perturbadoras del cine de los 70. En ella, un piadoso comisario de policía de las Tierras Altas escocesas tiene que desplazarse a una isla de la costa occidental para investigar la desaparición de una joven. Summerisle es una isla que vive prósperamente gracias a cultivos frutales que arraigan tan al norte gracias a su origen volcánico y al efecto benéfico en el clima de la corriente del Golfo. En la isla, propiedad del señor de Summerisle -interpretado magníficamente por Christopher Lee en su primer gran papel al margen de la Hammer, de cuyo cine The Wicker Man es, a la vez, la culminación y la refutación perfecta-, el cristianismo ha sido erradicado y ha resurgido el paganismo asociado a la fertilidad de la tierra. El rechazo que las costumbres de los isleños inspiran en el comisario de policía irán creando a su alrededor una tela de araña en la que la repulsa y la fascinación pesan a partes iguales. La última media hora de película, una de las más terroríficas de la historia del cine, implicará el enfrentamiento entre las dos religiones.
Sin embargo, la película no sería ni la mitad de efectiva de no ser precisamente por los elementos que en ella esquivan el género del terror. Sobre todo, por las escenas musicales cuya mezcla de ingenuidad folk y obscenidad aún nos resultan sorprendentes. Números como la canción de la hija del propietario -en la que los parroquianos de la taberna le cantan al tabernero las gracias de su hija, “la mejor puta del pueblo”-, la canción de la cucaña -en la que el maestro de la escuela les enseña a sus alumnos la simbología fálica de la fiesta popular- o la canción de Willow -en la que la hija del tabernero baila desnuda para excitar al comisario en una versión flower power de la danza de los siete velos de Salomé- son auténticas culminaciones de eso que Xavi Calvo ha llamado en su blog el paganismo pop.
2.
Sin embargo, una de las cosas que más me llama la atención en The Wicker Man, más allá de su éxito como película de terror, es cierta ambigüedad que la atraviesa. Una ambigüedad que permite leerla al mismo tiempo como un manifiesto del neopaganismo que acompañó a buena parte del movimiento hippie y como una defensa reaccionaria de las buenas costumbres y del cristianismo contra los riesgos precisamente de ese neopaganismo hippie. La maravillosa banda sonora folk y lo seductor de las escenas paganas, casi oníricas, como la de las parejas follando en los prados a la luz de la luna o las jóvenes desnudas que saltan una hoguera en el centro de un círculo de menhires parecen estar del lado de la fascinación por el resurgir del paganismo. También la discusión de lord Summerisle con el comisario, donde le evidencia los orígenes paganos del núcleo mismo de sus creencias cristianas. Sin embargo, la trama evidentemente policial, el cinismo de los isleños o la frialdad con la que aceptan el horror de sus rituales parecerían querer avisar al público británico contra el riesgo de la aparentemente inocente cultura hippie.
También el cristianismo del comisario está lleno de ambigüedades y contradicciones. Por un lado, ¿de qué cristianismo se trata? Si atendemos a su rechazo del alcohol, de la música y el baile, a su discurso radical, pensaríamos que el comisario pertenece a las ramas más fundamentalistas del presbiterianismo escocés, a la Iglesia Libre de Escocia. Sin embargo, las escenas en las que aparece asistiendo a misa nos muestran un ritual sacramental claramente católico. La ambigüedad se hace más evidente al final de la película. Las oraciones y cantos del comisario pueden leerse como una confirmación de la nobleza de su fe, la fe de los mártires, o como su fracaso.
Puede que esta ambigüedad tenga sólo un origen comercial: tal vez quienes hicieron la película pensaron que así atraerían tanto al público cristiano, que se mostraría horrorizado con las costumbres de la isla y admiraría al íntegro e integrista policía, como a quienes fueran a disfrutar del imaginario neopagano y la música folk. Si es así, se equivocaron: la película pasó sin pena ni gloria en su estreno y cayó pronto en el olvido, para ser reivindicada sólo mucho tiempo después. Sin embargo, la ambigüedad de la película, pasadas décadas de su estreno, nos parece hoy una de sus mejores virtudes e incluso algo bastante actual. En pleno resurgimiento de lo espiritual, The Wicker Man nos muestra que el paganismo y el cristianismo se mezclan en nuestros imaginarios occidentales y, al mismo tiempo, son enemigos irreconciliables. El sincretismo es, al mismo tiempo, una opción casi inevitable en el renacimiento estético de lo religioso, y una vía imposible en su experiencia ética.