Hugo Romero

The Great Western Road

La Gran Carretera Occidental, the Road to Nowhere, la A82, que sube de Glasgow a las Highlands, recorriendo el Loch Lomond, Rannoch Moor, el Glen Coe y Fort William, el Gran Valle y el Canal de Caledonia, que cruza en Fort Augustus, hasta llegar a Inverness. The Great Western Road -la Carretera de los Espejos Rotos, la llaman los compañeros conductores-, con sus paradas obligatorias: los bares de moteros de Tyndrum, Crianlarich…

El puente sobre el río Kelvin, en Glasgow, al inicio de la Great Western Road

Anoche vi Young Adam, una estupenda película de David Mackenzie, con Ewan MacGregor, Tilda Swinton y Peter Mullan. Volví a sentir nostalgia de Escocia, de la tierra, del idioma y, aunque cueste creerlo, de las carreteras.

La banda sonora de la película la compuso David Byrne e incluye esta canción formidable: The Great Western Road, con la que es fácil regresar mentalmente a un camino tantas veces recorrido. Blessed heart, blessed word, blessed skin and bones, all along the Great Western Road.

Haciendo limpieza de carpetas en la BlackBerry encuentro estas fotos de mi verano escocés.

Morbus Orcadensis

Durante mi viaje a las islas Orcadas leo en la estupenda biografía de George Mackay Brown escrita por Maggie Ferguson que la depresión era tan habitual en las islas Orcadas que los psiquiatras escoceses solían denominarla *morbus orcadensis*. La concentración de *orknyards* en el manicomio de Edimburgo era tal que a menudo se le llamaba Little Orkney. Las razones que aducen los psiquiatras para esta abundancia de enfermedades mentales son los siglos de uniones consanguíneas debido al aislamiento y el clima terrible de una tierra septentrional y llana. Encuentro en la biografía esta preciosa descripción del mal de las Orcadas escrita por el propio Brown: “there is a trouble in the islands that is called *morbus orcadensis*. It is a darkening of the mind, a progressive flawing and thickening of the clear lens of the spirit. It is said to be induced in sensitive people by the long black overhang of winter; the howl and sob of the wind over the moors that goes on sometimes for days on end; the perpetual rain that makes of tilth and pasture one indiscriminate bog; the unending gnaw of the sea at the crags”.

Iain Morrison tiene nuevo vídeo. Y actúa este domingo en Glasgow, en Ashton Lane. No os lo perdáis los que estéis por allí.

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Idlewild, The Weight of Years. Texto de Edwin Morgan.

Hay veces -pocas, desde luego- en que algo nos llega con una adecuación tal tanto al momento como al espíritu que a ratos nos preguntamos si no será una de esas cosas que se nos aparecen en sueños y que hemos construido mezclando memoria y deseo, que dirían T. S. Eliot y Tom Waits. El disco Ballads of the Book está siendo para mí uno de esos extraños objetos.

Publicado por el sello de Glasgow Chemikal Underground, Ballads of the Book une a músicos y poetas escoceses. La idea la tuvo Roddy Woomble, cantante del grupo Idlewild, comisario a la vez del proyecto y que, en el disco, pone música a The Weight of the Years, un poema de Edwin Morgan, nombrado en 2004 por el parlamento escocés poeta nacional, the Scots Makar. Morgan e Idlewild ya habían colaborado con anterioridad, poniéndole éstos música a los recitales del viejo, pero esta vez decidieron ir más allá y convertir el poema en una canción. Morgan y Don Paterson (autor, junto con Charles Simic, de la formidable antología New British Poetry, publicada por Graywolf Press) se encargaron de seleccionar a los poetas, entre los que se encuentran figuras consagradas como el propio Morgan, John Burnside, A. L. Kennedy o el novelista Ian Rankin y jóvenes promesas de la poesía local como Hal Duncan.

Entre los músicos, encontramos a glorias del folk británico, viejas -Mike Heron, de la Incredible String Band, o Vashti Bunyan- y nuevas -Alasdair Roberts o James Yorkston, entre las alternativas, Karine Polwart, de las mainstream-; figuras del pop y rock de Glasgow -Aidan Moffat y Malcolm Middleton (ex-Arab Strap), Sons and Daughters (la banda de Adele Bethel, también ex-Arab Strap), Norman Blake (de Teenage Fanclub), Alun Woodward (ex-The Delgados y actualmente bajo el alias de Lord Cut-Glas), Emma Pollock (también ex-The Delgados), y jóvenes músicos del sello (Foxface, Strike the Colours…)

Llegué al disco gracias a Alasdair Roberts y James Yorkston, dos de los músicos que más estoy escuchando desde hace un par de años. Los temas de ambos son magníficos y encajan en lo mejor de su discografía reciente. Ya hablaremos de ellos. Sin embargo, la sorpresa ha sido redescubrir a algunos de los músicos que más seguí en el anterior cambio de década: Arab Strap y The Delgados. En los próximos días iremos desglosando el disco.

Iain Morrison interpretando en directo una canción de su disco Skimming Stones, Sinking Boats

Hace unas semanas llegaba a mi buzón Trust the Sea to Guide Me, el nuevo disco de my pal Iain Morrison. Conocí al joven cantautor y gaitero escocés durante los meses que pasé en Escocia el verano pasado. Le debo a la gente de Coda, que me recomendaron su disco anterior y me pusieron en contacto con él, haber conocido a Morrison, nacido en la isla de Lewis y miembro de los Crash My Model Car, una de las mejores bandas de pop que surgieron en Glasgow durante la década pasada. El nuevo disco mejora lo ya logrado por Morrison en su trabajo anterior, Skimming Stones, Sinking Boats, repleto de canciones estupendas, pero tal vez lastrado por una especie de descompensación entre los temas vocales y los instrumentales.

En Trust the Sea to Guide Me, Morrison ha grabado un puñado de canciones pop de autor ancladas en el folclore escocés tanto por la temática y el tono de sus letras como por unos arreglos que en ningún momento las ahogan. A ratos Morrison me hace pensar en une versión highlander de lo mejor que durante la década pasada grabaron Ryan Adams o Josh Rouse.

Está siendo un periodo estupendo para la cnación de autor escocesa. A los éxitos conseguidos por James Yorkston y Alasdair Roberts sería un error no añadirle el de Iain Morrison.

(El disco no sale a la venta hasta abril, pero puede ya comprarse a través de su web.)

Si trazaráramos un eje de coordenadas que dividiera las películas de miedo, podríamos hacerlo de acuerdo con dos criterios: el miedo que dan mientras las vemos y el poso de miedo que dejan en el tiempo tras su visión. Ordenando las películas en estos dos ejes, nos quedaría una especie de cuadro de Greimas con cuatro categorías. Estarían primero las películas de miedo que no dan miedo mientras las ves y no dejan ningún poso, es decir, las malas. Luego estaría el grupo que alberga la mayor parte de las películas dignas del género: las que dan miedo mientras las ves, pero no dejan ningún poso de terror. Seguramente, los amantes del género considerarán que las mejores películas son las del tercer tipo: las que dan miedo mientras las ves y dejan además una huella duradera de miedo, que vuelve cada vez que recorremos un pasillo largo y desierto o apagamos la luz al acostarnos o nos cruzamos en el metro con un mendigo anciano que habla una lengua que no comprendemos.
Sin embargo, yo no puedo ocultar mi debilidad por esas películas de terror que no suelen producirnos miedo mientras las vemos, pero que, como ciertas arañas tropicales, inoculan en nuestro interior los huevos de un terror que tardaremos es experimentar, pero que terminará por ser duradero. Películas que llegan a lugares de nuestro inconsciente con las condiciones idóneas para incubar nuestros terrores. Las mejores de entre esas películas suelen tener un aspecto excesivo -en lo formal, en lo argumental o en ambos ámbitos- que nos permite mantener una distancia irónica o estética mientras las vemos.

The Wicker Man es tal vez la mejor de esas películas. Dirigida en 1973 por Robin Hardy a partir de un guión de Anthony Schaffer -que acababa de escribir Frenesí para Hitchcock y La huella para Joseph Leo Mankiewic-, la película pasó desapercibida en su momento, en parte por el desdén con el que la distribuyó su productora, que además la remontó, quitando más de diez minutos al montaje original, recientemente recuperado. A partir de ahí, la película fue convirtiéndose en una cult movie y ganándose la reputación de ser la mejor película de terror británica.

Y no faltan motivos: mezcla de historia de terror, intriga policial y musical, The Wicker Man incluye alguna de las imágenes más perturbadoras del cine de los 70. En ella, un piadoso comisario de policía de las Tierras Altas escocesas tiene que desplazarse a una isla de la costa occidental para investigar la desaparición de una joven. Summerisle es una isla que vive prósperamente gracias a cultivos frutales que arraigan tan al norte gracias a su origen volcánico y al efecto benéfico en el clima de la corriente del Golfo. En la isla, propiedad del señor de Summerisle -interpretado magníficamente por Christopher Lee en su primer gran papel al margen de la Hammer, de cuyo cine The Wicker Man es, a la vez, la culminación y la refutación perfecta-, el cristianismo ha sido erradicado y ha resurgido el paganismo asociado a la fertilidad de la tierra. El rechazo que las costumbres de los isleños inspiran en el comisario de policía irán creando a su alrededor una tela de araña en la que la repulsa y la fascinación pesan a partes iguales. La última media hora de película, una de las más terroríficas de la historia del cine, implicará el enfrentamiento entre las dos religiones.

Sin embargo, la película no sería ni la mitad de efectiva de no ser precisamente por los elementos que en ella esquivan el género del terror. Sobre todo, por las escenas musicales cuya mezcla de ingenuidad folk y obscenidad aún nos resultan sorprendentes. Números como la canción de la hija del propietario -en la que los parroquianos de la taberna le cantan al tabernero las gracias de su hija, “la mejor puta del pueblo”-, la canción de la cucaña -en la que el maestro de la escuela les enseña a sus alumnos la simbología fálica de la fiesta popular- o la canción de Willow -en la que la hija del tabernero baila desnuda para excitar al comisario en una versión flower power de la danza de los siete velos de Salomé- son auténticas culminaciones de eso que Xavi Calvo ha llamado en su blog el paganismo pop.

2.

Sin embargo, una de las cosas que más me llama la atención en The Wicker Man, más allá de su éxito como película de terror, es cierta ambigüedad que la atraviesa. Una ambigüedad que permite leerla al mismo tiempo como un manifiesto del neopaganismo que acompañó a buena parte del movimiento hippie y como una defensa reaccionaria de las buenas costumbres y del cristianismo contra los riesgos precisamente de ese neopaganismo hippie. La maravillosa banda sonora folk y lo seductor de las escenas paganas, casi oníricas, como la de las parejas follando en los prados a la luz de la luna o las jóvenes desnudas que saltan una hoguera en el centro de un círculo de menhires parecen estar del lado de la fascinación por el resurgir del paganismo. También la discusión de lord Summerisle con el comisario, donde le evidencia los orígenes paganos del núcleo mismo de sus creencias cristianas. Sin embargo, la trama evidentemente policial, el cinismo de los isleños o la frialdad con la que aceptan el horror de sus rituales parecerían querer avisar al público británico contra el riesgo de la aparentemente inocente cultura hippie.

También el cristianismo del comisario está lleno de ambigüedades y contradicciones. Por un lado, ¿de qué cristianismo se trata? Si atendemos a su rechazo del alcohol, de la música y el baile, a su discurso radical, pensaríamos que el comisario pertenece a las ramas más fundamentalistas del presbiterianismo escocés, a la Iglesia Libre de Escocia. Sin embargo, las escenas en las que aparece asistiendo a misa nos muestran un ritual sacramental claramente católico. La ambigüedad se hace más evidente al final de la película. Las oraciones y cantos del comisario pueden leerse como una confirmación de la nobleza de su fe, la fe de los mártires, o como su fracaso.

Puede que esta ambigüedad tenga sólo un origen comercial: tal vez quienes hicieron la película pensaron que así atraerían tanto al público cristiano, que se mostraría horrorizado con las costumbres de la isla y admiraría al íntegro e integrista policía, como a quienes fueran a disfrutar del imaginario neopagano y la música folk. Si es así, se equivocaron: la película pasó sin pena ni gloria en su estreno y cayó pronto en el olvido, para ser reivindicada sólo mucho tiempo después. Sin embargo, la ambigüedad de la película, pasadas décadas de su estreno, nos parece hoy una de sus mejores virtudes e incluso algo bastante actual. En pleno resurgimiento de lo espiritual, The Wicker Man nos muestra que el paganismo y el cristianismo se mezclan en nuestros imaginarios occidentales y, al mismo tiempo, son enemigos irreconciliables. El sincretismo es, al mismo tiempo, una opción casi inevitable en el renacimiento estético de lo religioso, y una vía imposible en su experiencia ética.

Un trabajo para poetas

To have carved on the days of our vanity
A sun
A ship
A star
A cornstalk

Also a few marks
From an ancient forgotten time
A child may read


That not far from the stone
A well might open for wayfarers

Here is a work for poets-
Carve the runes
Then be content with silence.

[Haber grabado durante los días de nuestra vanidad / Un sol / Un barco / Una estrella / Un brote de maíz // Algunas marcas / De un tiempo antiguo y olvidado / Que un niño pueda leer //Que no lejos de la piedra /Pueda abrirse un pozo para los caminantes //He aquí un trabajo para poetas: / Grabar las runas / Contentarse después con el silencio]

Geroge Mackay Brown, A Work for Poets. George Mackay Brown (Stromness, Islas Orcadas, 1921-1996) vivió la mayor parte de su vida en Stromness, la ciudad principal de las Islas Orcadas, donde trabajó primero en la oficina de correos y después para el Orkney Herald. Se doctoró con una tesis sobre Gerald Manley Hopkins. Iba a misa una vez por semana y, en una ocasión, cuando le preguntaron si quería agua en el whisky, respondió: “si queda espacio..” Los dos últimos versos de este poema están grabados en su lápida.

My pal Iain Morrison, uno de los descubrimientos de mi verano escocés, anuncia en su web que ya tiene a la venta su segundo disco. Para los que estéis por Gran Bretaña, Morrison está además de gira por el país y toca en Londres esta semana.