Hugo Romero

La Naturaleza y la Gracia

Existen dos caminos: el de la Naturaleza y el de la Gracia. The Tree of Life, la nueva película de Terrence Malick, comienza estableciéndolos y dedica todo su metraje a recorrerlos los dos, de forma alternativa y complementaria, saltando de uno a otro y mostrando también las formas en que ambos se imbrican y superponen.

La película de Malick es un ejercicio demencial, bellísimo y alucinado de cine entendido como herramienta de indagación metafísica en la sustancia de la memoria, el dolor y el sentido. Sin pudor, Malick excluye de su obra el humor y el realismo y apuesta por un tono épico más entre el poema y el ensayo que narrativo. La apuesta tiene un riesgo evidente: la falta absoluta de ironía y la identificación total con el tono elegido corre el riesgo de arrastrar a The Tree of Life al kitsch y, sin embargo, es precisamente la firmeza de la convicción de Malick la que levanta a pulso la película y evita esa caída, exigiendo, eso sí, de nosotros indéntica convicción.

En la película, Jack (Sean Penn) es un arquitecto que habita dormitorios minimalistas, ascensores de cristal y despachos en rascacielos sede de grandes corporaciones, enfrentado al dolor de la pérdida, durante su juventud, de un hermano. La película bucea en su memoria y nos muestra su infancia en una América suburbana que es la América de John Cheever, con sus casas con porche y sus piscinas, con sus tardes de verano y sus vinilos de música clásica dirigida por Toscanini. Conocemos así a sus padres, cuyas voces son las que hemos escuchado desde el inicio: la casi angélica Mrs. O’Brien (Jessica Chastain) y Mr. O’Brien (Brad Pitt). Ella es una mujer profundamente religiosa que enseña a sus hijos el amor por todo lo que existe y que mantiene una relación desigual pero de verdadero amor con su marido, un personaje mucho más complejo, que insiste en educar a sus hijos con dureza, obsesionado con no permitir que se conviertan en criaturas débiles, incapaces de defenderse e imponerse. Él mismo es, en buena medida, alguien que no ha sabido hacerlo: un músico frustrado que no consigue triunfar en un entorno laboral competitivo. Malick reproduce el triángulo edípico tradicional y, al mismo tiempo, lo empuja más allá al terreno metafísico, al del combate establecido desde el inicio de la película entre la Gracia y la Naturaleza. La película indaga con una emoción profundísima en el surgimiento del mal en la conciencia del niño. “No consigo hacer nada de lo que quiero y todo lo que hago me resulta repugnante”, dice. Y a su madre: “No me mires”. La conciencia en el niño es desde el inicio culpa y vergüenza por el descubrimiento de una rabia y un deseo que le lleva a destruirlo todo y a aislarse.

Pero si de algo trata la película es del dolor de la pérdida de un ser amado, el hermano que muere a los 19 años. Malick sabe que no es ése un dolor al que nadie se haga, que merme con el tiempo, sino que la falta se siente cada día del resto de la vida. El tiempo matiza las formas del dolor, pero éste nunca desaparece. Y para encontrarle sentido y, si es posible, aceptarlo, no basta con un flashback que nos conduzca a la infancia, al tiempo que compartimos con el ser querido, sino que hace falta ir más allá al origen mismo de la materia y de la vida, a las galaxias formándose a partir del fuego primigenio y a la división y unión de las primeras células vivientes. Del mismo modo que es necesario recorrer también todo el camino hasta el final de los tiempos, hasta el espacio del reencuentro final. Estos son los viajes que la concciencia de la película recorre, una conciencia que -como en el último Lynch, un autor con el que esta película comparte, más allá de las diferencias de tono, muchos elementos formales e ideológicos- no es ya la conciencia del individuo -de Jack, en este caso-, sino la de la especie e, incluso, la del ser mismo.

Como sus personajes, la película de Malick es profundamente religiosa. Y, a diferencia de lo que a primera vista podría parecer, esta religiosidad no es una espiritualidad difusa de raíz new age u orientaloide. Se trata de una religiosidad profundamente cristiana. No hay aquí disolución sino esperanza en el reencuentro, ni renuncia sino aceptación.

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