Hugo Romero
Consideraciones a partir de una exposición continuada a la Novena Sinfonía de Mahler

Siempre me ha resultado difícil escribir sobre la Novena Sinfonía de Mahler. Y mucho más justo después de escucharla. Cuando uno pasa un tiempo sin oír la última sinfonía que Mahler terminó, la tarea resulta más fácil: la memoria le encuentra una cohesión al todo mediante su procedimiento clásico: esconder lo que no encaja, difuminar lo complejo hasta simplificarlo… Sin embargo, llevo algunos días escuchando la Novena Sinfonía mucho más a menudo de lo que, sin duda, resulta saludable. Preparándome para el próximo concierto de la London Symphony Orchestra, he repasado prácticamente todas las versiones que tengo de la obra o, al menos, las que recordaba como mejores: las dos de Walter, las de Klemperer, Barbirolli, Haitink (en directo con el Concertgebouw en uno de los conciertos navideños), Rattle, Gielen, Boulez, Chailly, Zinman… Y la primera conclusión que he extraído es la más obvia: escuchar la Novena Sinfonía de Mahler es una experiencia absolutamente agotadora. Uno sale del cuarto movimiento con la certeza de que va a pasar un buen rato hasta que vuelva a poder hacer algo útil.

Sin embargo, tan pronto como me he puesto a anotar las conclusiones de cada escucha, hay algo que ha saltado: la estructura de la obra, por razones tanto formales como de contenido, resulta muy desconcertante. Como uno recordaba antes de volver a escucharla, el primer y el último movimiento se encuentran entre lo mejor de Mahler. El Andante tiene cierto carácter de obra autónoma, una epopeya de tristeza y aceptación que parece condensar todo el significado de la sinfonía, el núcleo del Mahler formalmente más avanzado y el paradigma de lo que Adorno ha llamado el “estilo tardío”. La “noche oscura del alma” de la que hablan tantos críticos es la imagen de un movimiento que parece progresar no apartir del desarrollo de sus temas, sino del diferencial de sus intensidades, un movimiento en el que el crescendo no es un recurso más, sino el procedimiento mismo de desenvolvimiento de su estructura. Uno termina de escuchar el movimiento con la sensación de que ya podría marcharse, de que todo ha sido ya dicho.

El problema surge con los movimientos internos. No porque no sean excelentes, al contrario. Mientras los escucho, disfruto de ellos como de cualquier gran música de su autor. El problema viene después: cuando termina el cuarto movimiento, el monumental Adagio, ¿quién se acuerda del Scherzo y el Rondo? ¿Estás seguro de que los ha habido? Se trata -sin duda, toda la crítica lo recuerda- de los movimientos más fieramente irónicos de la obra de Mahler. La dedicatoria de la partitura manuscrita del tercero, “A mis hermanos en Apolo”, da cuenta del nivel de ironía de la pieza. Sir Simon Rattle, en un comentario excesivamente programático pero no del todo desafortunado, sostiene que el segundo movimiento remite a todo lo que es odioso del campo y el tercero a todo lo que es odioso de la ciudad. Sin embargo, acabada la escucha de la sinfonía, lo único que me queda en la memoria de ellos es algo sobre lo que La Grange me hizo reparar en primer lugar: la cita del grupetto del cuarto movimiento en el tercero es una especie de parodia anticipada: el tercer movimiento está burlándose de lo que va a suceder en el cuarto.

El Adagio es una de las experiencias más intensas que nos puede proporcionar la música. Mahler compone un movimiento de más de veinte minutos -18’30” le dura a Walter, 28’27” a Chailly- a partir del extinguirse de dos motivos temáticos ya de por sí mínimos. Desde el punto de vista formal, se trata de la rarefacción de lo ya enrarecido. Desde el temático de la acpetación, al mismo tiempo gozosa, serena y melancólica, de la propia finitud y de un extinguirse menos nihilista que místico. El final comparte la belleza, la sobriedad y la emoción del de La canción de la tierra. La misma sed de reconciliación cierra las dos últimas obras que Mahler pudo acabar.

Grabaciones recomendadas:

Bruno Walter, Filarmónica de Viena, EMI / Naxos

Sir Simon Rattle, Filarmónica de Berlín, EMI

Karel Ančerl, Filarmónica de Praga, Supraphon

Michael Gielen, Orquesta Sinfónica
de Baden Baden y Friburgo, Hänssler Classic

David Zinman, Orquesta del Tonhalle de Zurich, RCA 

Sir John Barbirolli, Filarmónica de Berlín, EMI