Hugo Romero
El espíritu del Edén

Uno

La historia es bien conocida. Y, de todos modos, puede encontrarse fácilmente en cualquier otra página de la red. El relato de cómo una más de la larguísima lista de bandas new wave o new romantic o synth pop de la Inglaterra de mediados de los ochenta llegó a grabar dos de los discos más estremecedores de la historia del rock antes de desaparecer para siempre, la historia de la reaparición de su líder en solitario para dejarnos la estrella fugacísima de un epílogo breve, mínimo e imprescindible.

Talk Talk ha sido desde siempre una de mis bandas favoritas. Y, al mismo tiempo, una de ésas que no es fácil compartir con los amigos: hacen falta demasiadas cosas para que lo adecuado sea poner uno de los últimos discos de Talk Talk, y alguna más si se trata del disco de Mark Hollis en solitario. Cosas que, por lo general, sólo coinciden todas cuando uno está solo. Sin embargo, ahora que, con el treinta aniversario de su formación, Talk Talk vuelven a estar de moda, es un buen momento para recordar tres discos que tienen la capacidad prodigiosa de crear espacio -y espacio acogedor, habitable- a su alrededor.

Dos

El pasado mes de septiembre el sello Ba Da Bing! reeditaba Laughing Stock, el último álbum de Talk Talk y Mark Hollis en vinilo y este año se publicarán un disco y un libro homenaje a la banda. En el disco -que aparecerá a finales de mayo en el sello Fierce Panda- miembros de Arcade Fire, My Brightest Diamond, Joan As Police Woman, Broken Social Scene, Grandaddy o Weezer grabarán versiones de sus canciones favortitas de Talk Talk. El libro recogerá todo el trabajo artístico de James Marsh para los discos de la banda junto con una larga serie de textos de músicos, artistas, DJs y dueños de discográficas independientes influidos por ella: aparte de gente que colabora también en el disco encontraremos a miembros de Pink Floyd (en este caso la influencia, claro, es inversa), Depeche Mode, Orbital, Underworld, The Verve, UNKLE, The The o Gomez.

Por supuesto, no están todos los que son y se echa en falta la participación en los dos proyectos de alguno de los miembros de las bandas más evidentemente talktalkianas: Portishead, Gravenhurst y Radiohead. Pero ya se sabe cómo es esto de los asuntos colectivos.

Tres

Talk Talk había publicado ya tres discos llenos de percusión eléctrica Simmons, solos de teclado y sintetizadores Fairlight cuando se encerraron a grabar Spirit of Eden. El éxito de temas como Such a Shame, It´s My Life o Life’s What You Make It les permitía disponer de un presupuesto holgado, así como de tiempo y libertad creativa. Mark Hollis se encerró entonces a grabar con los otros dos miembos principales de la banda -el bajista Paul Webb y el baterista Lee Harris- y con Tim Friese-Greene, productor y miembro oculto del grupo (aunque había tocado los teclados en sus discos anteriores, ni aparecía en las fotos ni aparecía en los conciertos). Para las sesiones de grabación, Hollis y Friese-Greene -cada día más influyente en el sonido del grupo-reclutaron a Phill Brown, un ingeniero de sonido que durante las décadas de 1960 y 1970 había grabado a Hendrix, Led Zeppelin, los Stones y, lo que era más importante para sus intereses, a Traffic, para los que en 1967 había registrado unas sesiones nocturnas que fueron el modelo para las de lo que terminaría siendo Spirit of Eden. Reunieron además en el estudio un conjunto de rock de cámara que incluía a músicos como el bajista Danny Thompson, el clarinetista Andrew Marriner (hijo de Sir Neville) y el violinista Nigel Kennedy. Durante nueve meses, la banda grabó improvisaciones y fragmentos de canciones en sesiones larguísimas sin agenda previa que más tarde Hollis y Friese-Greene ensamblarían creando un disco impresionante de belleza sobrecogedora y desolada. El sonido del Spirit of Eden remite al mismo tiempo al folk de John Martyn y Nick Drake, al jazz modal de los discos de Miles Davis con Gil Evans y al impresionismo de compositores clásicos como Delius, Debussy, Satie o Sibelius, cuya Sexta Sinfonía aparece citada en I Believe in You.

Spirit of Eden crea con su juego de texturas un espacio denso, una zona de exclusión en la que no cabe ni la ironía postmoderna ni el cinismo enfarlopado de la Gran Bretaña de Margaret Tatcher en la que fue grabado. Es, en muchos sentidos, un disco-refugio. Sus canciones se suceden sin que, a menudo, podamos de forma precisa señalar dónde acaba una y dónde empieza otra. La voz de Hollis irrumpe frágil sobre las sábanas de sonido para recitar unas letras fragmentarias que parecen ruinas del disco pop que Spirit of Eden ya no es.

El disco, evidentemente, fue un fracaso comercial. Habría de pasar más de una década para que el culto subterráneo que inmediatamente se creó a su alrededor saliera a la superficie y toda una generación de nuevos músicos británicos reivindicase su influencia.

Por otra parte, las relaciones con EMI empeoraron tras el fracaso del disco y el grupo rompió con la discográfica que había editado toda su obra hasta entonces y firmó un contrato por dos discos con Polydor. EMI denunció a Talk Talk y lanzó Natural History, un recopilatorio que llegó fue un éxito de ventas y que, durante años, ha sido lo único de la banda que podía encontrarse en las tiendas.

Su siguiente trabajo, Laughing Stock, apareció en 1991 y lleva hasta el extremo la estética del disco anterior. Paul Webb había dejado el grupo antes de iniciar la grabación y Talk Talk era ya tan sólo el nombre bajo el que Hollis y Friese-Greene publicarían su edición de una nueva tanda de sesiones de improvisación. Como en los momentos más abstractos de Spirit of Eden, sobre la base de los ritmos cíclicos de la percusión de Lee Harris se superponen capas de cuerdas, guitarras y teclados que a ratos parecen derrumbarse en una saturación de ruido. After the Flood es quizá la pieza clave del disco, con Harris repitiendo el patrón del Halleluwah de Can y Hollis cantando sobre el colchón que crean el bajo y el órgano e improvisando con un variófono, un instrumento electrónico de viento de invención alemana. Ascension Day, un tema donde sobre una base jazzística se expanden las guitarras a la manera de lo que pronto empezaría a ser llamado postrock, es tal vez mi favorito del disco.

Dos de las canciones del disco, Taphead y Runeii apenas tienen ya percusión y señalan el camino de lo que terminaría por ser la última obra de Hollis. Para cuando llegó el momento de grabar el segundo de los discos a los que la banda se había comprometido con Polydor, Hollis había perdido contacto con el resto de los miembros y, con la ayuda de Phill Brown, construyó una obra maestra acústica y minimalista. El disco, titulado Mark Hollis, parece en algunos momentos -por ejemplo, en la bellísima Watershed- una versión acústica de lo mejor de los discos anteriores y en otros se adentra en territorios que lo acercan a la música clásica contemporánea: aquí, la necesidad de definición de la instrumentación predomina sobre la creación de texturas y atmósferas. Es el caso de la pieza central del disco: A Life (1895-1915). Una de las características más estremecedoras de Mark Hollis es el efecto de intimidad que crea. No conozco otro disco que te produzca la sensación de que estás en la habitación donde está siendo grabado.

En una nota de prensa que acompañó la publicación del disco en 1998 el cantante afirmaba: “Me gusta el sonido y me gusta el silencio. Y, cada día, me gusta más el silencio”. Han pasado catorce años desde entonces y a Hollis parece seguir gustándole más el silencio.

Cuatro

En efecto, Hollis no ha vuelto a publicar nada desde su único disco en solitario. En 2001 produjo para el sello ECM, el sello de Manfred Eicher, tan afín a su estética última, Smiling & Waving, de Anja Garbarek.

Paul Webb y Lee Harris construyeron un estudio en unos almacenes abandonados al norte de Londres donde siguieron experimentando con atmósferas sonoras y publicaron dos discos bajo el nombre de .O.rang. Hay quien ha descrito estos discos como “Talk Talk mezclado con El señor de las moscas” y no me parece una mala descripción. Más tarde Webb, bajo el pseudónimo de Rustin Man, grabó con Beth Gibbons Out of Season, otro de mis discos de cabecera.

Discografía

Talk Talk, Spirit of Eden (1988)

Talk Talk, Laughing Stock (1991)

Mark Hollis, Mark Hollis (1998)

Beth Gibbons & Rustin Man, Out of Season (2002)

Concierto de flauta de Federico el Grande en Sanssouci

El viejo Fritz cumple hoy trescientos años. En el cuadro de Adolph von Menzel lo vemos tocando la flauta en el Palacio de Sanssouci en Potsdam. Al teclado está Carl Phillip Emmanuel Bach y apoyado en la pared, Johann Joachim Quantz. Felicidades!

Nota

No se me ocurre mejor modo de celebrar el tricentenario -a no ser que tengáis ocasión de asistir al concierto de la Freiburger Barockorchester del próximo 27 o que estés en Berlín esta misma tarde para escuchar a miembros de la Filarmónica de Berlin, de la Akademie für Alte Musik y el actor Armin Müller Stahl rendirle homenaje al viejo- que escuchando dos discos maravillosos editados por el sello Hyperion que recogen conciertos para flauta de C. P. E. Bach y J. J. Quantz. Ambos tienen como solista a la excepcional Rachel Brown acompañada por The Brandenburg Consort bajo la dirección al clave de Roy Goodman.

 

Los Cuartetos de Jefferson Friedman

La principal utilidad de las listas de “lo mejor del año” -las ajenas, claro- es que nos descubren cosas que se nos habían escapado y que están llamadas a formar parte de nuestros listados de favoritos. Me ha pasado hace pocas semanas con el Concierto para Clarinete de Kaija Saariaho y acaba de pasarme de nuevo con los cuartetos de cuerda de Jefferson Friedman, que Jens F. Laurson situaba entre lo mejor de 2011 en el blog Ionarts. No conocía de nada a Friedman, un compositor estadounidense algo más joven que yo, de modo que lo que me atrajo fue la afinidad con el resto de las elecciones de Laurson y dos detalles relativos al disco: el hecho de que haya sido publicado por New Amsterdam Records, una discográfica que explora con gusto y acierto los límites entre la música clásica y el indie, y la presencia en el listado de temas de dos bonus tracks bajo la forma de remezclas del material de Friedman a cargo del duo de música electrónica Matmos, a los que había perdido la pista después de la publicación del excelente The Rose Has Teeth in the Mouth of the Beast en 2006.

El disco recoge, aparte de estas remezclas, el segundo y tercer cuarteto de cuerda de Friedman interpretados por el Chiara String Quartet, comitente, por lo visto, de ambas piezas. Los dos cuartetos muestran una intensidad que Alan Kozinn no dudó en calificar, en su reseña para el New York Times, de “neorromántica”, una intensidad que remite en parte a Bartok y, aún en mayor medida, a Shostakovich.

El segundo cuarteto es una pieza de 1999 publicada hace algunos años en un disco del sello Naxos como complemento de otro cuarteto de John Corigliano, maestro de Friedman. El título de cada uno de los tres movimientos -I - = 120, II - Free = ca.60, and III - ♪ - 180- nos permite temer una obra mucho más vanguardista de lo que en realidad se nos ofrece. Se trata de una obra juvenil marcadamente lírica. A un primer movimiento rítmico, le sigue un movimiento lento absolutamente fascinante y que hace pertinente el calificativo de Kozinn. El tercer cuarteto, compuesto en 2005 tiene también su mejor momento en el segundo movimiento, otro movimiento lento llamado Act. Al parecer, el cuarteto alude a varios episodios de la vida del cuarteto que lo interpreta y este movimiento -una reflexión a partir del Heilige Gedankgesang de Beethoven- refleja en el duo de violín y chelo el compromiso, “en la vida real”, de los solistas que lo interpretan, del mismo modo que la nana del tercer movimiento está dedicada a la hija recién nacida en el momento de la composición de la pieza de la otra violinista del conjunto.

Las remezclas de Matmos constituyen los tejidos densos y oscuros habituales del conjunto electrónico y ofrecen una variación interesante a partir del material original, al mismo tiempo que encajan en la politica artística del sello.

Thomas Quasthoff se retira

El barítono alemás Thomas Quasthoff acaba de anunciar , a través de una note de prensa que podemos encontrar en su web, que dice “adiós a los escenarios”. Todos sus conciertos a partir del primer día de enero de este año han sido cancelados. En una entrevista concedida a medios alemanes, afirma que mantendra sus compromisos en el ámbito de la enseñanza.

A modo de una especie de concierto de despedida, aquí tenéis algunas actuaciones dedicadas al repertorio en el que ha destacado.

Thomas Quasthoff interpreta Der Leiermann, la última de las canciones del ciclo Winterreise de Schubert, acompañado al piano por Daniel Barenboim

Quasthoff interpreta Dichterliebe, de Schumann con el acompañamiento de Hélène Grimaud

Dos de las Canciones de los niños muertos de Mahler, interpretadas por Thomas Quasthoff con la Statskapelle Dresden dirigida por Zubin Mehta

Quasthoff grabó también varios discos de jazz y canción popular americana. Aquí lo vemos en la televisión alemana interpretando Moon River, de Henry Mancini

La Iglesia Católica canonizará a Hildegard von Bingen y la nombrará Doctora en 2012

Hildegard von Bingen recibiendo la inspiración divina

La religiosa alemana Hildegard von Bingen, que vivió en el valle del Rin durante el siglo XII, será canonizada y nombrada Doctora de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI durante este año. Hildegard von Bingen, conocida entre los cursis como la sibila del Rin, es tal vez la compositora medieval a la que más obras se pueden atribuir de forma segura, así como la única de la historia europea a la que se puede considerar al mismo tiempo una teóloga de relevancia.

La música de Hildegard von Bingen ha sido grabada a menudo, con especial éxito por los conjuntos Sequentia y Anonymous 4. A menudo, sus composiciones han sido objeto de una fascinación que han desfigurado no poco su naturaleza y se les atribuyen cualidades revolucionarias que no tienen y basta una escucha somera de otros compositores de la misma época para descartar. Ni la elaboración melismática ni el ámbito sonoro de las piezas de Hildegard von Bingen sobrepasan la de los compositores contemporáneos. Del mismo modo, tampoco el objeto de éstas ni el imaginario de sus textos poseen las atribuciones radicales que a menudo se les ha pretendido dar, partiendo, como es frecuente, de un conocimiento escaso de las prácticas cristianas de la Edad Media.

Su obra teológica ha sido parcialmente editada en castellano por la Editorial Trotta. Puede encontrarse un ensayo formidable de Margot Fassler sobre la relación entre la música y la teología de Hildegard von Bingen en el libro Resonant Witness. Y aquí podéis escuchar una obra suya interpretada por Sequentia.

Lo nuevo de Saariaho

Aproveché las semanas pasadas este verano en Helsinki para comprar discos de algunos de mis compositores favoritos finlandeses, a los que, hasta entonces, había escuchado sólo en archivos descargados de la red. Alguna versión que me faltaba de Kullervo y del Concierto para Violín de Sibelius, algún recital de Soile Isokoski, pero sobre todo obras de Magnus Lindberg y Kaija Saariaho. Sin embargo, dejé la ciudad antes de que el sello Ondine editara esta maravillosa recopilación de tres obras de la compositora finlandesa afincada en París. Ha sido leyendo varias listas de lo mejor de 2011 cuando he sabido de su publicación. Sólo por eso ha quedado fuera de la mía, ya que, desde que lo he descubierto, se ha convertido en una verdadera obsesión.

El Concierto para Clarinete es una obra de Saariaho compuesta en 2010 para el clarinetista finlandés Kari Kriikku (con quien escribió las partes solistas) y está inspirada en una serie de seis tapices flamencos que pueden verse en el Museo de Cluny en París conocidos como La Dama y el Unicornio. Cinco de los tapices representan los cinco sentidos y el sexto está dedicado a un misterioso sexto sentido representado con la expresión Á mon seul désir. Saariaho sigue la estructura de los tapices en un concierto dividido también en seis partes tituladas con los nombres de los cinco sentidos y el del último tapiz. La pieza exhibe el talento de la compositora para la creación de atmósferas ricas y densas, así como su sensibilidad para timbres y texturas.

El clarinetista Kari Kriikku

Linterna Mágica (2008) es una pieza orquestal escrita por Saariaho a partir de las memorias homónimas de infancia del cineasta sueco Ingmar Bergman. La obra crea instantes que se suceden y desaparecen, que a ratos tienen el aspecto de reflejos, de sueños o de alucinaciones. Los miembros de la orquesta acompañan su interpretación con gritos y susurros que potencian ese carácter onírico de la pieza y que sirven de transición entre los humores contrastados que atraviesa. La música de Saariaho ha sido afín al cine de Bergman o de Tarkovski desde sus primeras obras orquestales y esta pieza hace explícito ese reconocimiento.

La última obra del disco es una serie de cuatro canciones a partir del poeta finlandés Eino Leino e interpretadas por la soprano Anu Komsi. Austeridad y melancolía son las dos notas dominantes en estas canciones.

iPod tomado

El proceso, lento y constante, de modificación del contenido de mi iPod es algo de lo que me gustaría tener registro. Cuándo han aparecido o desaparecido qué discos y cuáles han reemplazado a cuáles. Sin embargo, aparte de las obras y artistas que vienen y van, otro sistema de cambios más sutil es el de las versiones de las obras que permanentes. Mucho de Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms o la Segunda Escuela Vienesa, prácticamente todo Monteverdi, Mahler y Sibelius, un puñado de obras de Strauss, Bartok, Janáček, Ligeti o Saariaho, una cuota permanente de música coral inglesa… hay autores y obras que han estado de forma persistente en todos mis dispositivos móviles de reproducción musical y que, cabe suponer, siempre estarán ahí, mi verdadera -y amplísima- desert island compilation.

Y, sin embargo, también hay mutaciones en esta lista. No en su contenido, sino en las grabaciones concretas de cada obra. Con el paso de los años, y a menudo ha bastado el de los meses, han ido cambiando las versiones que llevo conmigo de cada una de las sinfonías de Mahler, el ciclo de las de Beethoven (Vänskä, Harnoncourt, Chailly, Gardiner). Los cambios han reflejado descubrimientos y entusiasmos pasajeros o estables (Paul McCreesh, Mark Padmore, Paul Lewis, el Cuarteto Diótima).

Con todo, uno de los procesos más estables dentro de este sistema general de cambios se me ha escapado hasta ayer. De forma lenta e inexorable un conjunto musical ha ido adueñándose de mi iPod sin que yo me diera cuenta hasta el momento en que he descubierto que de ningún otro intérprete tengo tantas obras como de ellos: la Freiburger Barockorchester.

No soy ningún fetichista de las grabaciones históricamente informadas, aunque reconozco que, en términos generales, encuentro en muchas de ellas una vitalidad musical y un tono que son muy míos y que han hecho que, de forma nada sistemática, terminen estando muy presentes en mi discoteca. A Herreweghe y Harnoncourt les debo mi descubrimiento de la música barroca y sus recientes grabaciones del repertorio clásico y romántico me ha permitido recuperar la pasión por obras que tenía abandonadas. De entre los conjuntos más modernos dedicados a la música antigua y barroca tengo especial pasión por el Concerto Italiano de Alessandrini, por el Gabrieli Consort de McCreesh, por la Akademie für Alte Musik de Berlín, por Cantus Cölln y por la Freiburger Barockorchester.

Me encanta el carácter físico, en ocasiones áspero, del sonido de la Orquesta Barroca de Friburgo (precisamente lo mismo que de ellos odia David Hurwitz, enemigo en general de la interpretación histórica y que tiene en este conjunto una verdadera Némesis, a la que dedica críticas hilarantes e injustísimas en sus reseñas de ClassicsToday). Me fascina su energía y contundencia y amo la nitidez con la que el sello harmonia mundi los graba siempre.

Mirando la lista de reproducción de mi iPod descubro que se han convertido en mis intérpretes favoritos de Mozart. En parte gracias a sus colaboraciones con René Jacobs, pero no sólo. Con Jacobs han participado en varias de las grabaciones de las últimas óperas de Mozart, sus imprescindibles Idomeneo, Don Giovanni y La Clemenza di Tito (para el Cosi fan tutte, La Flauta Mágica y Las Bodas de Figaro, Jacobs ha confiado en la Akademie für Alte Musik Berlin y el Concerto Kölln), así como en su grabación de las cuatro últimas sinfonías, en versiones apasionantes que sólo admiten comparación con las de MacKerras y la Scottish Chamber Orchestra. Más allá de sus colaboraciones con Jacobs, su versión de la Sinfonía Concertante y de los dos últimos conciertos, el de piano no. 27 K. 595 y el famosísimo para clarinete K. 622, son verdaderamente impresionantes.

Su última grabación, la integral de las Suites Orquestales de Bach, es asombrosa y aún me estoy haciendo a ella. Hasta ahora, mi versión de referencia era la de Jordi Savall, Le Concert des Nations y la Capella Reial de Catalunya. La de la Freiburger Barockorchester es mucho más musculosa y aspera.

De entre sus discos, también están en mi iPod el recital de Bejun Metha dedicado a Händel, las cantatas para solista de Bach con Bernarda Fink y los oratorios tardíos de Haydn.

Crónica de Anna Magdalena Bach

Con el paso de los años, muchos de los maestros de la vanguardia cinematográfica europea de los años 60 y 70, que fueron también mis maestros en la segunda mitad de los 90 cuando fui descubiéndolos en DVD o en los ciclos que les dedicaba la Filmoteca Nacional en el cine Doré, han ido ocupando lugares más modestos en mi memoria, sus gestos reducidos en algunos casos a mera reacción más o menos intempestiva o excesivamente vinculados a un espíritu (el mío, por spuesto) veinteañero que hoy me resulta lejano y apenas añorable. Sin embargo, el cine de Jean-Marie Straub e Daniêle Huillet se ha mantenido en mi memoria como uno de los logros más potentes del periodo.

Hace unas noches volví a ver su Crónica de Anna Magdalena Bach (1968), la más conocida de las películas que filmó la pareja y la primera de ellos que vi, alrededor de 1998. La película es una potentísima biografía del compositor Johann Sebastian Bach a través de su música. Consiste fundamentalmente en una sucesión de escenas casi siempre en plano fijo (con ocasionales in y outs de la Dolly) comentados por la voz en off de la mujer del músico. Como suele suceder en el cine de Straub y Huillet, estos planos fijos son sólo aparentemente sencillos y primitivos y revelan en realidad una complejidad de composición que está en el corazón de la potencia de la película. Es esta austeridad y complejidad tan fáciles de confundir por smpleza lo que me fascinó al conocerlo del estilo de la pareja y lo que ha vuelto a seducirme ahora.

Lo verdaderamente original de la Crónica es que la mayoría de estas escenas consisten en la interpretación, en orden cronológico, de obras de Bach, de modo que la verdadera materia de la biografía del músico son sus composiciones. Straub ha declarado en alguna entrevista que ése era el objetivo de la película: crear una obra en la que la música no fuera el acompañamiento de la trama sino su substancia misma. Las restantes escenas, la más “convencionalmente” narrativas, son por lo general mucho más breves y en ellas interpretan a los personajes músicos especializados en la obra de Bach (en el papel del compositor encontramos a Gustav Leonhardt) que declaman sus papeles con una neutralidad que remite a los actores-modelo de Robert Bresson, maestro de Straub y Huillet.

La película puede encontrarse íntegra en internet (basta seguir el vídeo con el que abro este post) y ha sido recientemente publicada por Intermedio en España en una serie de DVDs dedicados a sus directores.

Nota. El 12 de diciembre del año que acaba de terminar, Gustav Leonhardt ofreció un concierto en París tras el que anunció que, a causa de su salud, no volverá a actuar en público. Volver a ver la película es un buen modo de rendir homenaje a uno de mis intérpretes favoritos y uno de los que más veces he tenido la oportunidad de escuchar en directo en mi vida.

Zarabanda

A mediados del siglo XVI llega a España desde América Central -un tal Fernando Guzmán Mejía la menciona en 1538 durante un viaje por Panamá- y, a pesar de su prohibición aquí por obscena, la zarabanda se difunde por toda Europa, empezando a aparecer en las obras de numerosos compositores. Bach incluye una en cada una de sus seis suites para cello, una obra que permaneció perdida hasta 1925, cuando Pau Casals, que había descubierto las partituras en una librería de viejo de su ciudad veinte años antes, la interpreta en público y graba por primera vez. Ingmar Bergman utiliza la zarabanda de la quinta suite en la banda sonora de la escalofriante Gritos y susurros (1972) y en 2003 titula Zarabanda su última película y la pieza pesa omnipresente durante la hora y media larga que dura. Hoy, con todo ese camino recorrido, me acompaña en mi llegada a casa.

Lo mejor de 2011 (I. Música clásica)

1. El final del año de Mahler. Este año se celebraba el centenario de la muerte de Gustav Mahler, compositor favorito de este tumblr. Son muchísimos los discos que se han editado aprovechando la efeméride, muchos buenos, algunos terribles y tres destinados a formar parte de cualquier discografía mahleriana que se quiera esencial:

- Gustav Mahler. Symphonie No. 3. Mihoko Fujimura, Jonathan Nott, Bamberger Symphoniker. Jonathan nott sigue con su rigurosísimo ciclo de las sinfonías de Mahler y graba una tercera que sabe evitar todos los gestos excesivos sin perder nada de potencia.

- Gustav Mahler. Symphony No. 9. Claudio Abbado, Lucerne Festival Orchestra (DVD). El viejo Abbado sigue grabando una y otra vez las obras de Mahler. Conocí al compositor gracias a su primer ciclo para la Deutsche Gramophone y por eso siempre le tendré especial cariño. Sin embargo, a medida que pasan los años, sus versiones de las sinfonías y de los lieder mahlerianos han ido dejando paso en mi discoteca ideal a otras más afiladas. Sin embargo, esta grabación en DVD de la Novena Sinfonía me parece una de las mejores jamás registradas y una auténtica lección magistral de Abbado.

- Mahler 8. Riccardo Chailly, Gewandhausorchester Leipzig (DVD). El ciclo de las sinfonías de Mahler que Chailly grabara con la Orquesta del Concergebouw de Amsterdam es uno de mis favoritos y su Octava, la que llevo actualmente en mi iPod. Sin embargo, esta versión en DVD es aún mejor: excelente desde todos los puntos de vista y con el toque operístico que Chailly ha querido darle siempre a esta obra.

2. Las mejores grabaciones de obras clásicas

- Johannes Brahms. Werke für Chor und Orchester. Anna Hallenberg, Philippe Herreweghe, Collegium Vocale Gent, Orchestre des Champs-Elysées. El nuevo sello de Philippe Herreweghe comenzó con una decepción parcial (su Cuarta de Mahler) y con un partido jugado en casa y ganado por goleada (los Motetes de Bach). Sin embargo, la verdadera sorpresa ha sido esta antología de obras corales de Brahms publicada a finales de año. Herreweghe lleva las obras de Brahms a un ámbito de solemnidad al mismo tiempo que las acerca, las considera algo vivo y no monumentos de granito. Imprescindible.

- Ludwig van Beethoven, The Symphonies. Riccardo Chailly, Gewandhausorchester Leipzig. El resultado de la estancia de Chailly en Leipzig es cada vez más deslumbrante. En pocos años ha añadido a mi discoteca ideal versiones inmejorables de los conciertos para piano de Brahms, del Oratorio de Navidad de Bach y de las sinfonías de Mahler en DVD. La grabación de la integral de las sinfonías de Beethoven -y de un buen puñado de oberturas- con la orquesta que las interpretara como un ciclo por primera vez es un nuevo hallazgo. Versiones frenéticas y enérgicas que, a ratos, generan casi una extraña ansiedad y que siempre fascinan. Posiblemente pocas de estas versiones terminen en mi iPod dentro de años como eso que llaman “versión de referencia”, pero por unos meses se han convertido en algo absolutamente adictivo.

- Franz Schubert, Schwangesang. Mark Padmore, Paul Lewis. Del mismo modo que entre los mejores discos de 2009 estaba la deslumbrante grabación que Mark Padmore hizo del Winterreise de Schubert acompañado por Paul Lewis y que en 2010 sucedió lo mismo con la de Die schöne Müllerin, ahora Schwangesang cierra la serie de ciclos de lieder del autor entre lo mejor del año.

- Richard Strauss, Poesie. Diana Damrau, Christian Thielemann, Müncher Philarmoniker. El mejor recital de lieder de Strauss desde el de Soile Isokoski. Christian Thielemann es el director orquesto para la suntuosidad nítida del compositor austriaco y la Damrau se está convirtiendo en la intérprete straussiana de nuestra época. Absolutamente delicioso.

- Mozart, Keyboard Music, Vol. 2. Kristian Bezuidenhout. Como sucediera con el primer volumen, este disco consagra a Bezuidenhout como uno de los grandes especialistas en fortepiano actuales, a la altura de Brautigan.

3. Música contemporánea

- Donnacha Dennehy, Grá agus Bás. Dawn Upshaw, Iarla O Lioniard, Ian Pierson, Crash Ensemble. Descubrí este disco en MacAlister Matheson, mi tienda de discos favorita de Edimburgo, y desde entonces no he dejado de escucharlo. La primera composición Grá agus Bás es de una fuerza impactante y mezcla elementos minimalistas con cantos tradicionales del folclore irlandés. El ciclo de canciones que canta Dawn Upshaw un poco marypoppianamente está basado en poemas de Yeats y es absolutamente delicioso.

- Quator Diotima, American Music. Acabo de escribir en un post anterior sobre este formidable disco, una historia de los Estados Unidos en tres cuartetos.

4. Ópera en DVD. Dos maravillas absolutas en DVD han sido visión recurrente en casa durante este año:

- Richard Strauss, Elektra. Irene Theorin, Waltraud Meier, Eva-Maria Westbroek, Daniele Gatti, Nikolaus Lehnhoff, Wiener Philarmoniker. Una versión inmejorable desde el punto de vista musical con la impactante puesta en escena de Nikolaus Lehnhoff, cuyas adaptaciones de Wagner estaban ya entre mis favoritas.

- Jean Baptiste Lully, Atys. William Christie, Jean-Marie Villégier, Les Arts Florissants. William Christie sigue descubiréndome la ópera barroca francesa con esta versión fascinante de la que fue llamada “la ópera del rey” por lo mucho que gustaba a Luis XIV.